El secreto de Vera Drake/ Vera Drake (Mike Leigh, 2004)
De Eustache:
El secreto de Vera Drake

Mirada Adulta Sobre el Aborto
Siempre que un discurso fílmico se sustenta sobre material que afecta a los cimientos de nuestra conciencia colectiva se tiende a descartar como opción válida para abordarlo los ejemplos individuales, buscando siempre antes que el ejemplo la voluntad de ser ejemplar.
Viene esto a colación de la última criatura de Mike Leigh, titulada El Secreto de Vera Drake y recientemente estrenada en cines, que, como no podía ser menos en el caso de éste tan inteligente como antidogmático cineasta británico, se desmarca de cierta mirada autocomplaciente y apriorística propia de los llamados “cineastas sociales” para ofrecernos un retrato de profundo humanismo sobre el complejo y terrible problema del aborto, dejando que los hechos sean la guia sobre la que encarrillar las posible interpretaciones -morales, sociales, religiosas- sin que éstas conviertan a los personajes en intérpretes vicarios de los postulados del autor. Y justamente ahí radica la grandeza de la propuesta. Veamos por qué.
La película nos cuenta la historia de Vera, una mujer que dedica su tiempo a ayudar de forma desinteresada a los más necesitados, ya sea cuidando a minusválidos o practicando abortos caseros a míseras jóvenes sin información o madres de familia que no pueden sostener económicamente a otro hijo más (recordemos que la acción está localizada en la década de los 50, con lo cual ni la información ni los medios eran comparables a los actuales).
Vera ayuda a la gente que le rodea por la sencilla razón de que lo necesitan, sin cuestionarse en ningún momento la inconveniencia de lo que hace. Son personas que tienen un problema -y muy grave- y ella les regala su generosidad, limpiamente, sin cobrar nada a cambio, sólo buscando reconfortar y hacer bien su labor.
Pero Bajo esta apariencia de cotidianidad, Vera esconde a su familia éstas prácticas, nunca sabremos si por miedo a las recriminaciones y la incomprensión y por simple convicción de que éstos asuntos nunca deben traspasar la esfera de la intimidad y el pudor.
Vemos a una mujer abnegada, que además de ayudar a los demás, trabaja limpiando casas en un barrio elegante y cuida y mima a su marido y sus dos hijos. Y todo esto sin asomo de pesadumbre o cansancio, muy al contrario, siempre con una cancioncilla que tararear entre dientes.
La tragedia se desata cuando una muchacha a la que Vera practica un aborto está a punto de morir desangrada por una infección…
Asistimos, tan estupefactos como la protagonista (una Imelda Stauton sencillamente prodigiosa) al derrumbamiento psicológico de esta mujer enfrentada a unas leyes que desconoce, pero que no la eximen de culpa. Aquí es donde se pone de manifiesto la impresionante forma de rodar de Mike Leigh, ocultanto a cada actor/actriz las líneas de diálogo del resto de los intérpretes con lo cual se añade el factor sorpresa para los implicados activamente en la representación, y no solo para los espectadores, como es habitual.
El guión nunca está cerrado ya que la premisas de la historia son enriquecidas por improvisaciones añadidas.
No estamos ante marionetas más o menos brillantes en sus actuaciones, sino que cada intérprete se hace dueño de la identidad del personaje hasta sus últimas consecuencias.
El desarrollo de la historia es tan limpio como estimulante, ya que el director no redime a ningún personaje, ni busca la mistificación fácil que proporciona el juego de la ficción. Se trata de exponer la lucha entre las actuaciones de conciencia indivuales y su fricción con la legalidad, no de enjuiciar a una u otra parte.
A pesar de que el asunto del aborto ha sido pensado y discutido innumerables veces, en esta ocasión, al dar relevancia a una persona humilde que sorprendentemente no cobra por lo que hace, sino que sólo se mueve por un profundo humanismo, nuestra perplejidad como espectadores adultos salta ante la interrogación que denotan sus ojos, ¿como es posible que la ley castigue la prodigalidad por los demás?, ¿donde empieza a retroceder la verdad para instaurarse el derecho? ¿quien puede decidir y mensurar el sufrimiento de las personas antes sus circunstancias?. Que cada cual se interrogue, nos dice esta dolorosa historia.
Lo que flota cuando salimos del cine es una sensación de indefensión y de incapacidad del poder de articular situaciones que afectan a la esfera sacrosanta de lo privado, legislando derechos y obligaciones que no son más que decisiones íntimas de cada uno.
Una relación privada / Une liaison pornographique (Fréderic Fonteyne, 2000)

Una relación pornográfica, sin “voyeurismo”. Una historia de amor… puede ser algo banal, y, sin embargo, cuando lo recuerdas, siempre conserva algo de mágico. Algo que queda muy bien expresado en la peli de Frédéric Fonteyne.Un hombre y una mujer ponen un anuncio en una publicación pornográfica. Tenían ganas de sexo, de llevar a cabo una fantasía sexual, consumar un deseo muy particular, comsumir un cuerpo… Pero, una vez satisfecho el deseo, los sentimientos afloran y reclaman un papel en la historia. Historia contada por separado por un hombre y una mujer a un tercero: un periodista, un encuestador, un testigo, alguien… una voz en off.
Cada cual se acuerda con pudor y emoción del otro. Explican su visión, muy diferente, de su primer encuentro: algo que hace sonreir, estas cosas ocurren frecuentemente en la vida real.
El director habla de amor y de sentimientos con una gran madurez. Es un relato montado al revés, en la forma y en el fondo. En la forma, estas personas que cuentan un momento de sus vidas ya resuelto y pasado nos pican la curiosidad, la forma de hablar del otro nos provoca deseos de conocerlo o de conocerla a nosotros también. Gustaría inmiscuirse en su historia, saber cuál fue su momento, lo que los unió o separó, porqué y cómo hablan del otro con tanta nostalgia. Nos hacen dar marcha atrás, mirar hacia atrás para comprender los que vemos de cada uno de ellos actualmente, En el fondo también tenemos una historia al revés: aquí el sexo es el punto de partida, es la razón por la que se encuentran. Cuando se han convencido de que se gustan, se dedican a descubrir sus cuerpos, y al mismo tiempo, desvelarán sus almas. Cuando la seducción y su juego de lucha de fuerzas encontrdas queda apartada, sólo queda lo esencial: ellos. Nathalie Baye está luminosa. Se puede leer en su rsotro la expresión del nacimiento del amor: la traducción de una sonrisa interior, las ganas de ser feliz con este hombre y no con otro. Sergi López la mira desnudándola con los ojos, mezclando deseo y ternura.Además, están los gestos, sus pequeños tics personales: ella que se expresa con las manos, que confiesa su necesidad de hablar, de traducir todo a palabras hasta en la consumación del aor. Él, más reservado, observando, contestando a las interpelaciones y cuestionamientos femeninos. Subir con ellos a la habitación 118 del hotel de pasillos rojos sirve para experimentar un poco sus deseos, sin dejar de sentir miedo de encontrarlos “indecentes” al expresar tantas verdades…Pero una vez expresada esta verdad, nos encontramos con otro gran tema de las relaciones entre hombres y mujeres: la incomunicación. Aparecen los miedos de cada uno. Miedo a amar, a confesdar este amor al otro, miedo de parecer ridículo, miedo de que el sentimiento amoroso no sea compartido, que no haya evolucionado del mismo modo en el otro… miedo de decir, de habalr, de expresarse mutuamente que cada uno de ellos es para el otro el Hombre y la Mujer de sus vidas.En esto, también esta peli constituye un hermoso testimonio sobre las percepciones falseadas, los malentendidos, lo que no se dice… El narrador, al final del relato plantea una pregunta: «¿y si fuera un error?». Ellos creen conocer la respuesta, pero sólo nosotros, espectadores la sabemos. Por eso, nos juramos a nosotros mismos no albergar nunca más falsos pudores en temas sentimentales. No hay amargura sin embargo, no hay tristeza: Une liaison pornographique es una película que transporta, al salir nos sentimos ligeros. Una historia hermosa. Hace sentir bien.
Las Tortugas también vuelan / Lakposhtha hâm parvaz mikonand (Bahman Ghobadi, 2004)
Las tortugas también vuelan

Dirección y guión: Bahman Ghobadi.
Título original: Lakposhtha hâm parvaz mikonand
Países: Irán e Iraq.
Año: 2004.
Duración: 95 min.
Género: Drama.
Interpretación: Avaz Latif (Agrin), Soran Ebrahim (Kak), Hiresh Feysal Rahman (Hangao), Saddam Hossein Feysal (Pasheo), Abdol Rahman Karim (Rega), Ajil Zibari (Shirko).
Producción: Bahman Ghobadi, Hamid Ghavami, Batin Ghobadi, Hamid Karimi y Babak Amini.
Música: Hossein Ali Zadeh.
Fotografía: Shahryar Assadi.
Montaje: Moustafa Khergheh Poosh y Hayedeh Safi Yari.
Diseño de producción: Bahman Ghobadi.
Estreno en España: 18 Marzo 2005.
Las tortugas también vuelan, rinde homenaje a los niños de la guerra. Película tierna y dura a la vez, soberbia realización llena de vida y de furor contenido que se recibe como una afrenta. Una afrenta servida por una mano de hierro camuflada en un guante de terciopelo: bajo ciertas apariencias que nos llevan, a veces, a enternecernos, se esconden las emociones más sombrías.
Estamos en Irak, no en Bagdad ni en Basra, sino en la frontera del país, en una especie de “no man’s land”, campo sin nombre, hermoso pero devastado. Desde los primeros planos, se nos presenta la tierra dándole toda su importancia. Magnificada por una soberbia iluminación, este sitio anónimo y sin historia nos aterroriza. Vagabundeando de pueblos a campos de refugiados, la población es el rehén de esta enésima guerra a punto de ser declarada. Esta vez, los americanos prometen acabar con el gran Saddam, son la esperanza del final del terror, del fin de toda esta miseria bajo el estallido de las bombas. Antes de este futuro esperanzados, hay todavía otra guerra.
Tiene 15 años aproximadamente. Implacable y carismático, hermano mayor protector de esta especie de familia. Lo llaman Satélite porque en este pueblo del Kurdistán iraquí es el único que sabe instalar una antena para capturar la televisión, algo capital en el momento en que empieza la película: estamos en vísperas del ataque americano a Irak. Satélite es también el líder de los niños. Y hay muchos niños, huérfanos o separados de sus padres, refugiados en un campo de tiendas en medio del pueblo. A cambio de algunos dinares, los pequeños peinan los campos de minas que entregan, después, a las fuerzas de la ONU. Dicen que los mutilados son los mejores para recoger las minas, ya que tienen poco que perder… Corriendo de un lado a otro, se nos presentan como las últimas murallas, los pocos signos de vida que merece la pena saborear aquí.

Allí llega un extraño trío compuesto por un chico manco dotado del don de la premonición, su hermana, una chiquilla de hermoso rostro con una mirada trágica y desesperada, y un niño de dos años aproximadamente, ciego. Huérfanos, de vuelta de todas las calamidades humanas, avanzan sin más esperanza que la de pasar desapercibidos y evitar las bombas.

Son los “daños colaterales”.
¿Realidad o pesadilla? Realidad, sin duda. Pero cuando la realidad alcanza tal desajuste, creemos estar en una pesadilla. La diferencia es que nos despertamos de las pesadillas habituales, mientras que aquí las criaturas siguen inmersas en ese mundo, como si, para ellos, nunca hubiera habido, y nunca pueda haber nada más que la guerra, los campos de minas, la mutilación y la muerte. Como si lo espantoso se hubiera convertido en una normalidad que hubiera que organizar sin esperar nada de los amos de este mundo, ya que ellos son los encargados de dirigir estas escenas infernales.
Con imágenes conmovedoras, como la de esos cientos de hombres inmóviles, con los brazos levantados, apretados unos contra otros, cubriendo la ladera de una colina, mientras que, sobre ellos vuelan helicópteros americanos lanzando octavillas donde les aseguran que “los aman”.

Las tortugas también vuelan es una admirable “película-grito”, que da la palabra a las víctimas: esos niños abandonados, miserables, heridos profundamente tanto en el cuerpo como en el corazón, que en sus pocos años han vivido muchas más tragedias de las que, desde aquí, podamos esperar en toda una vida, que se han convertido precozmente en adultos debido a la perturbada humanidad que los habita.

Dando muestras de una enorme sensibilidad en su dirección de actores, Ghobadi enmarca a sus jóvenes protegidos (no profesionales) como lo haría un padre amoroso. Nos pinta con minucia los dramas cotidianos, que desembala sin avisar, pasando de una tensión casi onírica al estruendo de las explosiones. Más expresivos que cualquier acorde de violines, las caras de esos críos envejecidos prematuramente, estallan en medio de la pantalla. ¡Qué pena que no haya un Oscar para los mejores actores extranjeros, y menos aun, para los niños: éstos se lo merecen!
¿Y si las tortugas realmente volaran?
Los niños no tendrían que sufrir las crueldades de los adultos ni llegarían a odiar a sus propios hijos.
No tendrían que entretenerse en quitar las minas de los campos.
Los niños siempre seguirían siendo niños y no tendrían preocupaciones de adultos.
Tras este título enigmático se esconde una película áspera, que nos habla de la guerra desde el lado de los que la ven demasiado cerca, los que están a medio camino entre los espectadores y los actores: las víctimas.
Sin mostrarnos los horrores directamente, Bahman Ghobadi, nos narra las secuelas que, para estos olvidados, definen su nuevo espacio vital y su nueva memoria plagada de espacios de dolor. Nos muestra lo que estas personas quieren ver de la guerra, lo que se espera de ella, lo que se teme y lo que ocurre. El relato propone una sucesión de cuadros perfectamente compuesto sobre la presencia del combate y sus repercusiones. Entre todas, a destacar el momento terrible del niño ciego, plantado en medio del campo de minas.

En vez de transportarnos al melodrama salvador, este realizador corona su obra de un halo fantástico y extraño, nos narra una fábula, vaga ensoñación sobre la realidad del mundo. Consigue devolver su cuota de humanidad a estos niños que son sólo cuerpos en cualquier telediario.
Todo o nada / All or nothing (Mike Leigh, 2002)

Fiel a sí mismo, una vez más, Mike Leigh muestra la vida cotidiana de gente modesta en los suburbios londinenses. Vidas ordinarias para mostrar el calor humano que trasciende la desgracia. Un universo concentrado en un barrio modesto, vecinos, amigos alcohólicos, madres solteras, jovenes violentos y “lolitas” desocupadas.
A primera vista, esta galería de personajes podría rozar la caricatura. Sin embargo, Leigh dibuja estos retratos con finura, con pequeños trazos: Lo que no se dice y las expresiones de los actores construyen la profundidad de los personajes. Recibimos una lección de existencialismo y una filosofía de vida, con un equilibrio sutil e inteligente, y cierta dosis de humor y de lágrimas. Presión permanente donde los momentos altos suceden a los bajos, o se confunden, que se parece (¿porqué no reconocerlo?) tremendamente a la vida.
En medio de tanta miseria hay adultos que ya no saben soñar, que se deslizan, sin ruído desde su vida fracasada hacia una muerte fatal. Adolescentes que se desesperan más aun al no querer seguir ese modelo pero que ven sus deseos como algo inalcanzable. Entre estos dos mundos, una serie de relaciones conflictivas entre personas que han olvidado cómo comunicarse. De hecho, el lenguaje es interesante: Cada palabra malsonante está fuera de lugar y sólo sirve para expresar un odio a sí mismo que se lanza al otro. El personaje de Phil nunca está seguro de las palabras que usa en cuanto son algo complicadas. Esto explica las relaciones verbales como “servicios mínimos” y la dificultad para expresar los propios sentimientos. Es un mundo triste, sin esperanza, sin fe, socialmente precario, un callejón sin salida que desgasta a los personajes a los que Leigh empuja a situaciones extremas para obligarlos a reaccionar.
En Todo o Nada no hay sitio para la rebelión, la violencia y el cinismo se convierte en callejones sin salida. Para escapar al gris día a día sólo hay dos soluciones:
- La imaginación: Se destila durante toda la película; son los libros qe devora Rachel durante toda la noche, los paseos hasta el mar de Phil entre dos carreras de taxi, las veladas de Penny en el karaoke, el fútbol y las horas ante la TV de Rory. Mientras se pueda soñar, se podrá amar.
- El Amor: Renace tras un drama.Durante un día extraño, los que consiguen salir a flote, disfrutarán de un rayo de lucidez. El cineasta maneja entonces el calor y el frío, la ligereza y el drama, con una pasajera francesa un poco cargante y un chico al borde de la muerte. Con ello consigue entregarnos la última parte de la película, con mucho, para mi gusto, la más hermosa, aunque ralentice el conjunto. Rebusca en lo más profundo de la conciencia de los personajes para encontrar la solución que consiga mantenerlos vivos: el amor – el único absoluto accesible a todos, el único lazo que nos permite hacer frente a nuestra inutilidad, cruzar la insoportable cotidianidad. Gracias a su sensibilidad y a la enorme credibilidad de los personajes, Leigh, en una escena crucial, transmite una fuerza liberadora que termina en una dulce y benéfica intimidad.
Ese amor va a conseguir unir a la comunidad mediante la solidaridad, a la familia por la necesidad y a la pareja gracias a la complicidad; este amor será el secreto mejor guardado de la película. Iluminará lo que, al principio, parecía ser el pasillo de la muerte. La cura está cerca: ha resultado ser un gran día.
La narración es lenta… La desgracia chorrea por todas partes. Sin embargo, consigue abrirnos pequeñas ventanas a la esperanza: un poco de amor y de emoción entre las miserias de la vida.
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De Eustache:
Estupenda crítica la de Ayla, que ha atrapado la esencia de una película sobre el lento proceso de demolición y de desgaste que son algunas vidas que nos grunen desde los subsuelos del estado del Bienestar.
Sólo un pequeño desacuerdo. La imaginación no es lo que buscan ni la hija con sus libros, ni las madres con el Karaoke, ni el obeso hijo con la televisión. Buscan un refugio, una forma estúpida o sublime de seguir adelante, una excusa para sobrevivir. Sus jaulas (en el caso de los niños sus deformes cuerpos y de las madres el entorno que han creado) necesitan encajarlas en algún sitio donde estén a salvo de las insalvables exigencias de una sociedad ebria de belleza y de impostura.
Salvando este pequeño desacuerdo una magnífica crítica de una inmensa película.
The mother (Roger Michell, 2003)
Buscando a la abuelita indigna en el seno de una familia inglesa.

Cambio de registro para el director de Notting Hill, Roger Michel. Se trata también de una historia de amor, pero esta vez, mete en la misma cama, con violencia, a una mujer de 60 años y a un hombre de 30, que, además, resulta ser el “novio” de su hija. Esta vez filma en Londres, con crudeza, un nido de egoísmos, frustraciones y llamaradas de deseos intempestivos. Al elegir este tema, tratado con una habilidad consumada por el guionista Hanif Kureishi, Roger Michel no se ha pasado del todo al campo del cine europeo. No renuncia a sus maneras hollywoodienses, pero tampoco huye ante el tema. Resulta de ello una película valiente y desconcertante, curiosa a fuerza de dividirse entre dos tradiciones, servida por actores dispuestos a asumir riesgos. Y, en primer plano Anne Reid, pasando revista a todo un abanico de emociones que su personaje ya no creía poder alcanzar, nos deja consternados.
La razón de este cambio se llama Hanif Kureishi. El escritor inglés (Intimidad, adaptado por Chéreau) se ha ocupado a solas del guión de The Mother.
Empieza con la visita de una pareja de jubilados a su hijo al que parece haber sonreído la fortuna. Ni éste, ni su mujer, ni los hijos tienen tiempo ni ganas para ofrecer a los dos viejos una bienvenida civilizada. Se podría decir que son tácitamente invitados a dejar el territorio libre y a volver por donde vinieron para llorar en su casita de las afueras por la desaparición de los valores familiares.
Sin que haya una relación establecida causa-efecto, el abuelo muere justo después. Y ahí empieza el gran tema de la película: la resurrección de la abuela, invisible hasta entonces, y que pide instalarse en Londres, en casa de sus hijos, sine die.
The Mother es ella, May, sexagenaria, okupa por turnos en casa de su hijo y de su hija (escritora frustrada).
Molestando en todas partes, teniendo que valerse por sí misma, May deja de vivir como un peso muerto al desear con violencia al joven carpintero que construye un salón de invierno en casa de su hijo y se acuesta con su hija…
El cuadro hiperrealista de esta familia no está carente de nervio. Se podría reprochar a Kureishi el presentar demasiada ropa sucia para lavar: sobre todo entre la madre y la hija. Pero la actriz Anne Reid con elegancia consigue su apuesta más difícil: mostrar la sexualidad de la abuela sin tabúes, no como la última maravilla que haya que aplaudir, sino como una realidad irrefutable, aunque eso signifique molestar seriamente a los demás.
Reflexiones sobre May (puede contener spoilers y fantasías personales):
Su vida era sencilla, girando alrededor de su marido. Colocar incansablemente las zapatillas que dejaba tiradas, no conocer otro placer que el de cocinar para satisfacer su estómago. Su alma, su cuerpo, todo era de él, de sus hijos que ya se habían hecho grandes, de un orden social demasiado voraz. ¿Y todo lo que conforma a una mujer, los deseos personales, la curiosidad de observar el vasto mundo que se extiende más allá de su hogar? Todo lo había olvidado, se había olvidado a ella misma, simplemente.
Los años de matrimonio habían terminado por encerrarla en automatismos poco estimulantes pero que la hacían sentirse segura… Todas las obligaciones que una se impone. La espada de esas reuniones familiares donde hay que extasiarse hasta con las cacas del pequeñín de la familia. Cada cual suelta su estribillo para intentar colmar la falta de comunicación. ¿Hay amor? Sí. Pero también celos, odios. ¿Uno no puede cambiar su propia vida? pues entonces se critica la de los demás. Todos parecen susurrar: “¡Ay, si yo fuera tú, lo habría hecho mucho mejor!” Todos sonríen con beatitud, pero nadie se lleva a engaños. Una vez que cae el telón sobre el gran teatro familiar, cuando se sale de la representación, nos encontramos agotados frente a la soledad, frente a la acritud, a los rencores acumulados. Menos mal que los padres vuelven a su casa, menos mal que los niños se quedan en la nuestra…no nos engañemos, es un sucedáneo de felicidad. En verdad todos sufren por no poder ser ellos mismos y se asfixian en el molde en el que intentan fundirse para responder a lo que se espera de ellos. Todos, a la vez, víctimas y verdugos, cada cual intenta mentirse a sí mismo como puede, volviendo a su rutina tranquila y segura. Cada cual se traga cada día su ración de felicidad inventada.
Así, cuando el marido de May muere de golpe, sin avisar, todo el universo se desmorona. Ella esperaba morir con él o antes que él. Pero se queda ahí, incapaz siquiera de pensar en el día siguiente. Cuando ya no hay zapatillas que recoger, la vida se queda vacía…
Se encuentra frente a una vida completa, terrible… pero saludable. Pues toda esa vida que se olvidó de vivir, toda esa persona que ha olvidado ser, le remonta desde muy lejos, le remonta a la garganta como un grito de espanto, un grito de tristeza. Después, poco a poco, ese grito deja sitio a un sentimiento extraño: como hambre, apetito de vivir, de volver a aprender a amarse a sí misma, para sí, ya no más para los otros, atreverse a ser lo que es, asumirlo…
May es una mujer que se reencuentra, que se descubre, y que va a ser descubierta por todos los que la rodean. La veían acabada. Se sentían obligados a sostenerla, listos para llevarla como una carga abatida e inútil… Pero ella se endereza, va a avanzar hasta allí donde nadie se atreve a ir, barrer todo como si se tratara de un huracán. ¡May no ha dejado de sorprendernos!
En resumen, es una película bonita. Emotiva como un nacimiento… (o como un renacimiento). Y, al mismo tiempo, es una película que descoyunta, que desenmohece, que descascarilla todas las estratagemas de una sociedad frecuentemente castrante. Todos los personajes son justos, y sus relaciones son terribles, mezcladas de amor y crueldad. Volamos por encima de esta familia y si soportamos el hecho de reconocernos a nosotros mismos es gracias a ese humor “so british” que se atreve a decir las peores cosas pero, tan educadamente que se le perdona todo.
Swing (Tony Gatlif, 2002)

Max, un chico de unos diez o doce años quiere aprender a tocar la guitarra. Miraldo, un virtuoso de la misma acepta darle clases. Max, poco a poco se enamora de Swing, una joven “manouche” (gitana) de su edad, una niña muy especial, con la que crea una hermosa e inocente relación llena de juegos y complicidad.
De este director vi recientemente Gadjo Dilo (1997) película que me dejó lo suficientemente motivada para esperar la proyección de cualquier otra de Tony Gatlif, y no me ha decepcionado.
El swing manouche nació con un verdadero genio de la música Django Reinhartdt (1910-1953), músico excepcional que había perdido su mano izquierda en un incendio. El swing manouche, a caballo entre el jazz, blues y flamenco, tiene entre sus representantes a grandes guitarristas gitanos: Joseph Reinhartdt, los hermanos Ferret o Tchavolo Schmitt, intérprete de Miraldo en la película.
“Era la guitarra de Django Reinhartdt”
Swing es una película humana, que, sin parecerlo, toca un tema importante, la difícil sedentarización del pueblo manouche. El cineasta gitano, Tony Gatlif nos presenta este mundo desconocido a través de un ojo “extranjero” , un “gadjo” – joven en busca de un determinado tipo de música en Gadjo Dilo (El Extranjero Loco) o Max, un niño que aprende a tocar la guitarra en Swing.
La película casi parece una fábula: “Érase una vez un niño que, a través de un objeto mágico -la guitarra de Django Reinhardt- penetra en un mundo diferente y extraño, la cultura gitana. Allí descubre el amor con una princesa de los barrios bajos llamada Swing, antes de volver a la realidad. “
Tchavalo Schmitt encarna, con una presencia increíble a un profesor de música impaciente e irascible que se transforma a veces en padre sustituto para Max.
Lo mejor de la película radicaría (de no aparecer la música) en la descripción de una minoría que sufre por no poder vivir según sus costumbres ancestrales, por no poder viajar. Esta minoría, cada vez más ignorada y marginada, está condenada a vivir fuera de la ciudad, de la sociedad. No hay grandes “discursos”, sólo algunos detalles embargados de verdad: la escritura de una carta a la seguridad social, el relato sobre los campos de concentración de una abuela. Y queda el amor a la música como último sbresalto de una cultura que no debería perderse, una música ¿“el blues manouche”?, de un tiempo pasado y revuelto. La música es el centro de la película, es el alma de la misma, su latido, la que crea la magia como en el magnífico concierto “improvisado” en la caravana de Miraldo.
Swing no es una película revolucionaria en su expresión cinematográfica pero consigue emocionar.
Suite Habana (Fernando Pérez, 2003)

No es un documental, ni una ficción. Es ambos al mismo tiempo y también el retrato colectivo de una ciudad y de sus habitantes. Suite habana cuenta un día cualquiera de la vida de diez cubanos cualquiera, si nada que los particularice. Diez personas reales se transforman en actores sin dejar de ser ellos mismos y sin que en la ficción se pierda nunca de vista la realidad. Personas y no personajes, porque Fernando Pérez presenta sólo la realidad, aunque filtrada con una visión poética. Usa la fotografía igual que en el cine de ficción. Sin necesidad de palabras, la peli abre un diálogo continuo entre la ciudad, sus habitantes y el espectador. Nos muestra la vida cotidiana en la Habana, las aspiraciones, emociones, esperanzas y desesperanzas de sus habitantes, pero no de un modo moralizador o abstracto, sino utilizando simplemente la expresividad de los rostros, de los objetos y de la ciudad misma. Es una película muy triste, pero que te deja el buen sabor de boca de haber visto cine en estado puro, una declaración de amor del director a su ciudad y a sus habitantes.
Splendor (Ettore Scola, 1988)
Llevaba varios días pensando en escribir algo sobre esta película que tuve la suerte de ver en Francia (en versión original con subtítulos en francés) y que, me da la impresión de ser poco conocida y vista. De hecho creo que su éxito quedó apagado por la posterior película que, a pesar de ser absolutamente genial, no creo que deba merecer más renombre que ésta.
Hago reseña aparte, porque supongo que Cinema Paradiso abrirá un largo diálogo, pero quiero rendir homenaje a esta peli, que creo que se puede definir como metacine y que me temo ha sido olvidada injustamente. He intentado buscar el affiche de la película, pero, del mismo modo que la peli, parece perdido; lo encontré una vez enorme en una tienda del Marais en París, quise comprarlo pero me dijeron que no estaba a la venta, que lo tenían ellos para decoración y no me extraña pues es uno de los carteles más hermosos que he visto.

SPLENDOR, de Ettore Scola (1988)
Es la primera de las tres películas que rodó Massimo Troisi bajo la dirección de Ettore Scola. En ella se entremezclan las vivencias de tres personajes: el propietario del cine Splendor (Mastroainni), el encargado de la proyección (Troisi) y la taquillera (Marina Vlady).
Splendor consiste esencialmente en los recuerdos de los tres provocados por la inminente clausura del local. Pero, mientras los obreros están desmantelando todo, los habitantes del pueblecito en el que se desarrolla la película deciden unirse para evitar la desaparición de “su” cine. El pueblo en cuestión es Sant’Arpino (en Ciociaria), elegido por Scola probablemente por su aura poética y antigua.
La trama es ésa: el pequeño cine de provicias que cierra por falta de espectadores, pero Scola, con esta película quiso hacer algo más: un HIMNO al cine, ese cine que, a pesar de todo no morirá nunca. No era una idea nueva. Antes y después (desde Fellini a Tornatore, por citar sólo dos) muchos directores han hecho películas con casi la única intención de homenajear al cine.
El personaje de Troisi es interesante: enamorado como un niño del cine, devorando, imagen tras imagen desde su cabina de proyecciones, rodeado por rollos de películas y manuales sobre cine. Los divos en pantalla aumentan los sueños e ilusiones de Luigi (Troisi), como de todos los apasionados/as por el cine. Es un personaje soñador y realista al mismo tiempo.
El propietario del Splendor (Giordan/Mastroianni) era hijo del arte: su padre poseía un cinematógrafo itinerante, y, de hecho, una de las escenas iniciales en B/N, es la de un público que, llevando sus propias sillas, se coloca delante de una pantalla rudimentaria (y éste es el hermoso cartel de la película), para ver un clásico: METROPOLIS de Fritz Lang.
Splendor empieza con la escena de la clausura del cine y cierra con la misma escena, con una revuelta de la gente que quiere seguir teniendo a toda costa su cine.
Alterna el color para las imágenes del presente y el B/N para los recuerdos, ésta es una técnica recurrente en Scola que ya usó en C’eravamo tanto amati con V. Gassman y N. Manfredi.
En la película hay una referencia constante al mejor cine de autor de los años ‘40-’70: se respira un aire “felliniano”, un poco barroco y, en la pantalla del cine ambulante aparecen imágenes de obras maestras, desde La dolce vita de Fellini, hasta el mítico Il Sorpasso de Dino Risi (inolvidables Vittorio Gassman y Jean Louis Trintignant), pasando por Fresas Salvajes (Smultronstället) de I. Bergman.
El lenguaje, o mejor dicho, el lenguaje visto como simbolismo ocupa una posición predominante. Hay una frase que Giordan intercambia siempre con un amigo: “il dove e il quando” (-el dónde y el cuándo- dicho por el amigo) y Giordan responde “il come e il perchè” (-el cómo y el porqué-), es un juego lingüístico simbólico… Troisi mantiene diálogos con la señorita Chantal (Vlady), y es cómico porque ella habla francés y él italiano (es más, napolitano puro) y se comprenden perfectamente teniendo en cuenta que las miradas, gestos, movimientos también sirven para comunicar.
El cine es en esta película nada más y nada menos que un lugar mágico, misterioso y fascinante, donde la gente se encuentra con la esperanza, y, a menudo, la promesa, de una vida mejor y distinta de la cotidiana.
Cuando Luigi consigue su trabajo en la cabina de proyección es un momento muy técnico e interesante: la demostración por parte de su predecesor, de cómo remontar la película en caso de rotura, cómo efectuar el montaje de ciertos trozos, parece la fase de “cortar” y “pegar” del montaje de una película.
Desde el punto de vista de la iluminación, la película tiene un vago sentido de oscuridad debido al hecho de estar rodada casi completamente en interiores (en el Splendor).
Un personaje interesante es el de Chantal que, en mi opinión, siendo real e irreal al mismo tiempo, como figura encarna al cine: todos se enamoran de ella, pero al final todos se resignan a vivir la vida de la forma más normal posible.
Giordan, a lo largo de la película hace una serie de reflexiones sobre quién va al cine, por qué, qué busca. Éste es uno de los mensajes de la película que hacecomprender que Scola haya querido hacer una reflexión sobre el cine y, quizás, sobre la vida. Mientras sigue las imágenes de la película de F. Capra “It’s a wonderful life”, continúa meditando y lo vemos emocionarse con el sonido de los cánticos de navidad. Sabe que su lucha con el señor que quiere comprar el Splendor a toda costa no tendrá éxito, y le desagrada. Él, el hijo del propietario del cine ambulante, optará por la dignidad, no cederá el local y no se calmará hasta que haya dado al adversario una liberadora y sonora bofetada. Pero, al final, la situación tendrá una salida positiva: el cine no cerrará, como se comprende en la última escena donde Luigi, en el palco del cine, desea felices navidades a todos, diciendo que “estas cosas sólo suceden en Navidad”. Sigue cayendo la nieve sobre los espectadores, la sala se queda oscura y silenciosa y… vuelve a empezar el espectáculo.
El Regreso / Vozvraschenie (Andrey Zvyagintsev, 2003)

La historia que se relata confiere a esta película un misterio innegable. Dos hermanos adolescentes viven el regreso de su padre después de doce años de ausencia. Ahora bien, este padre, cuya autenticidad necesitan comprobar con una foto escondida en el granero, que vuelve rodeado de cierta aura por su pasado de piloto, desborda una virilidad sospechosa, o, al menos, molesta.
En la primera secuencia de la película, Ivan, temblando de vértigo, bloqueado en lo alto de una torre que sirve de trampolín a su hermano y amigos, es socorrido por su madre (“si no hubieras venido, habría muerto”). Así pues, el padre-pródigo vuelve, como si, omnisciente, hubiera visto esta primera secuencia al igual que nosotros, para hacer de Ivan y Andrei dos hombres gracias a un viaje iniciático. Lleva a sus hijos a pescar a un lago, mientras mantiene unos contactos telefónicos extraños que los niños observan desde la distancia y la ignorancia. Así presentimos una Noche del Cazador edípica esperando que llegue el drama. ¿Estamos atrapados por la visión subjetiva del benjamín, por la proyección de sus miedos y su rebelión?
Tras el curso implacable de los acontecimientos, la evolución, lenta pero segura, de los personajes en una única dirección, nos obligamos a buscar un sentido metafórico (de hecho, nada nos sitúa cronológicamente la historia, podría ser actual o también de los años 60: en esa sociedad que desconozco me cuesta ubicarme). ¿De dónde regresa este padre? ¿Por qué?
El padre lleva a los hijos por un recorrido peligroso, atravesando bosques y campos embarrados, lagos y mares a bordo de una barca con un motor que se estropea enseguida. Entre tanto, el padre hace lo imposible para arruinar la relación con estos hijos reencontrados, cada uno reaccionando de modo distinto: el mayor sumisión, el pequeño rebeldía sin conseguir alejarse del horizonte materno. Continúa con sus historias inexplicadas: excava para encontrar una caja cuyo contenido no veremos. Tras la enésima pelea con los hijos asistimos a la última, con resultado dramático. Ésta es la abstrusa trama de la película, que quizás quiera ser un espejo sobre las complicadas relaciones padre/hijo, pero, francamente, no estoy segura de nada. Llegan los niños a comprender finalmente que el padre es simplemente la representación de un Mito, ya que la película evoca continuamente mitos: el hijo (padre pródigo), Caín y Abel, Edipo…
Los actores adolescentes hacen unos trabajos de interpretación impecables. Sobre todo el pequeño tiene una lucidez increíble para expresar la rabia reprimida.
Pasa continuamente de la crónica al mito, del realismo al simbolismo. Las imágenes son límpidas, pero el relato es oscuro, suspendido. En definitiva, hermosa película que plantea montones de preguntas pero no se digna a dar ni una sola respuesta. Me parece bien que haga esto, pero consigue enriquecer la trama narrativa con ello o simplemente nos deja en el limbo inerte de una veleidad suspendida en el aire? ¿Y esta dirección tan controlada, tan cuidadosa con la atmósfera y los colores, con la composición de los cuadros es una marca de talento o de una habilidad demasiado manierista y academicista? Para esto, quizás lo mejor sea esperar la segunda película de Zvyagintse si algún día nos llega.
La Pasión de Cristo / The passion of the Christ (Mel Gibson, 2004)
Dos horas de golpes y de sangre que harán palidecer de envidia a los mejores artesanos del gore. Si Mel Gibson ha tenido la idea de contar las útimas horas de la vida de Cristo, podría haberse acercado a un público más extenso que el de los cristianos practicantes si hubiera sabido insuflar en la película un mínimo de dimensión espiritual. No es el caso.
Me da la impresión de que Mel ha llevado su cámara con las mismas dificultades que Jesús la cruz. Todo es grandilocuente, entrecortado con algunos breves flashbacks sobre la vida de Jesús. El catecismo en tres lecciones. Está claro que esta película no tiene la más mínima voluntad pedagógica.
¿Película antisemita? Parece que Gibson sigue fiel al cine de su infancia : los buenos contra los malos, los indios contra los cowboys, los judios contra Jesús. Un maniqueísmo puesto en escena con los sacerdotes judios queriendo a toda costa la crucifixión de Jesús, y por otra los romanos, ciertamente crueles pero que, al cabo de una escena, estarían dispuestos a derramar sus lágrimas al ver a María deshecha en llanto. En cuanto a Pilatos, se nos presenta como un hombre político débil y frágil que parece más sufrir él mismo la sentencia que ordenarla. Ante una visión tan unilateral, ¿cómo no odiar a los que han entregado a Jesús si nadie nos hace saber quién ha sido y qué ha hecho? En ningún momento, un espectador que no conozca la historia (puede haberlos, ¿no?) podrá comprender qué ha llevado a los sacerdotes judíos a tal odio exarcebado. La polémica está justificada, aunque sea excesiva.
¿Cómo aceptar una visitón tan reducida de la Pasión, el hecho de que la noción de sacrificio esté tan poco evocada? Sólo el sufrimiento de Cristo, mostrado con exaltación, parece bastar a Gibson para explicar la expiación de los pecados de todos los hombres por Cristo en la cruz. ¿No es ésta la teoría?
¿El final? Mel Gibson nos reserva lo mejor de su talento de para la Resurrección: nos muestra a un Jesús levantándose con paso decidido tal un Terminator listo para el combate como lo sugiere la música de fondo… Si el ridículo no fuera bastante, encima nos agasaja con un “último primer plano” de la mano de Jesús con las marcas del clavo, por si no habíamos lo habíamos comprendido todavía… Está claro que la polémica le ha servido para la promoción… en mi caso cero: me bajé la peli de internet (jejeje).