El Experimento / Das experiment (Oliver Hirschbiegel, 2001)
Imaginemos un juego superrealista. Tomemos una veintena de candidatos, todos varones, jóvenes y entusiasmados por la promesa de una fuerte suma al terminar. Elijamos el decorado, una prisión moderna, automatizada, equipada con cámaras en cada pasillo y totalmente cerrada al mundo exterior.
Dividamos a los candidatos en dos grupos. Los que tienen y los que no tienen nada. Los primeros serán los guardianes: uniformes, porras, esposas, poder, autoridad y la posibilidad de volver a casa cada noche después del “trabajo”. Los segundos, al contrario, no tienen derechos cívicos, no tienen libertad, no tienen nombre (sólo un número) únicamente tienen un vestido parecido a un saco.
Ahora, intentemos imaginar, en función del papel adjudicado, cuáles sería nuestras reacciones, nuestros estados anímicos frente a estas situaciones. ¿Seríamos líderes o simplemente “seguidores”? ¿Aplicaríamos las reglas sin más o intentaríamos ser flexibles? ¿Utlizaríamos los poderes que nos han concedido o nos rebelaríamos contra las reglas arbitrarias del juego? ¿Aguantaríamos siquiera 15 minutos?
Estas son las preguntas que afronta esta película alemana. Dura, seca, que muestra la naturaleza del género humano sin concesiones.
Afortunadamente, la puesta en escena, muy estilizada y sobria, atenúa el propósito y relativiza los hechos. En todo caso, al final de la película, al menos yo, sólo tenía ganas de ver la luz del día.
Riéndose de los filósofos que piensan que el ser humano es bueno por naturaleza, esta película hace una inmersión en la psiquis humana. Y nos muestra que algunos hombre pueden dejarse corromper por e poder fácilmente, mientras que otros pueden hacer una regresión a los más bajos instintos de supervivencia. Nadie sabe realmente quién ha desencadenado la reacción que desemboca en la peor de las catástrofes y eso demuestra el equilibrio precario de cada ser.
De esta película se desprende un cuadro particularmente pesimista de la humanidad, enfrentándonos a nuestros demonios particulares. Va más allá de la simple visión de un mundo maniqueísta, nadie puede ser realmente condenable, ni inocente, ni siquiera los ciéntíficos, que se contentan con ser, como nosotros, simples espectadores.
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