Caravana Magenta en Carmona
Descripción: La Caravana Magenta de UPyD llega a Carmona repartiendo propaganda, instalando mesas de recogida de firmas para el Manifiesto por la Lengua Común, entregando globos, chapas, camisetas
Descripción: Rocío Fondevila nos acerca a la problemática de la lengua española en nuestro país y nos explica la finalidad de la recogida de firmas para el Manifiesto por la Lengua Común.
Descripción: UPyD nace ante la necesidad de dar respuestas a una serie de problemas que surgen en la sociedad española y que otros grupos políticos no contemplan. Además UPD ofrece entre sus ciclos de formación un curso para futuros concejales y alcaldes.
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Miedo a la libertad
El Mundo
23.09.2008
Artículo de Gloria Lago publicado en El Mundo páginas 4 y 5 (Sección “Tribuna Libre”)
Los mayores disparates e injusticias de la historia no habrían contado con la aquiescencia de buena parte de la ciudadanía si no hubiesen ido acompañados de una calculada manipulación de la información y del lenguaje.
En España tenemos la tendencia a tolerar demasiado bien las mentiras de los políticos. Tal vez sean reminiscencias de etapas anteriores, en las que no cabía la crítica al poder y sólo nos quedaba la libertad de no creer. Conserva una buena parte de la sociedad la tendencia a dar crédito a la información que llega desde ámbitos profesionales, de los que consideran expertos, y con esa candidez de democracia aún joven, tal vez no sea consciente de que cuando el poder consigue hacerse con la suficiente influencia en esos sectores, “apesebrarlos”, se filtra en nuestras vidas de un modo mucho más peligroso, porque, avalado por una presunta neutralidad “científica”, se prevale de la confianza que depositamos en el que más sabe.
Siempre ha habido algo de sagrado en los libros de texto. Los profesores sabemos que incluso el error más evidente es muchas veces aceptado por nuestros alumnos como correcto porque “lo dice el libro”. Los jóvenes gallegos, a quienes se ha reducido la enseñanza en castellano a una mera anécdota, son además animados, a través de los libros de “lengua propia”, a reparar el daño infligido a la que debería ser su lengua por una lengua “ajena” que llegó con la invasión de unas gentes de Castilla. A los más pequeños se les pide que colaboren para que “la lengua gallega sea la habitual de los gallegos y gallegas”. A los mayores se les adoctrina ideológicamente y se les bombardea con verdaderos tratados de política lingüística y mensajes que llevan implícito que los que hablan español no hablan una lengua de Galicia. El gallego siempre aparece personificado, y su “muerte” equiparada a la de un ser humano. Les correspondería a nuestros jóvenes revertir esa situación, convertirse en “neofalantes”, una suerte de conversos a quienes en algunos libros de texto aconsejan cambiar de amigos para rodearse de un entorno que facilite esa conversión.
A los padres se nos dice que el castellano ya se aprende fuera de la escuela, asegurándonos que nuestros hijos alcanzarán una igual competencia en ambas lenguas, imprescindible, según ellos, para lograr una sociedad cohesionada, y se nos desinforma sobre los sistemas educativos de otras democracias, con campañas manipuladas, pero avaladas por profesores universitarios.
Ante esta situación, alguien tenía que decir la verdad. Los chicos necesitan saber que en la historia de las civilizaciones las gentes vienen y van, y que a causa de esos flujos se ha enriquecido nuestra cultura y han evolucionado nuestras lenguas. Que los romanos que trajeron a Galicia el latín, del que surgió el gallego, no vinieron a hacer turismo, que el castellano comenzó a utilizarse en Galicia en el remoto siglo XIV y que muchos de nuestros antepasados contribuyeron a convertirlo en el español que hoy compartimos con los demás hispanohablantes, siglos antes de que la lengua “d’oil” se convirtiera en el francés, la lengua de casi todos los franceses. Pero debería de bastar con que fuesen conscientes de que lo justo y lo sensato sería que pudiesen estudiar en la lengua en la que aman, se enfadan y sueñan, o simplemente en aquélla que consideren que les proporciona mayor bienestar.
Alguien tenía que decirles a los padres que el registro culto de un idioma se aprende habitualmente en el colegio, y que por tratarse de lenguas parecidas, la mezcla de códigos es más probable. Que para la inmensa mayoría la igual competencia en ambas lenguas es imposible, a no ser que sea nula en ambas, y que, en todo caso, tampoco es necesaria porque siempre ha existido un bilingüismo pasivo que ha posibilitado la intercomunicación. En definitiva, que de un estatus de cooficialidad no puede deducirse que ambas lenguas han de ser igualmente conocidas por toda la población.
Al profesional y al comerciante no es necesario decirles lo que su sentido común ya les dicta, pero alguien decidió ayudarles a aportar argumentos para defenderse de los que pretenden primar más el conocimiento de una lengua que la competencia profesional, o hacerle creer que su negocio, en lugar de una actividad privada que, en todo caso, se desarrolla en un local abierto al público, es un servicio público. El derecho que tiene el consumidor a que le atiendan en una determinada lengua es el mismo que el que tiene el comerciante a que el consumidor emplee la que aquél prefiera: ninguno.
A todos ellos alguien tenía que decirles que en los países con larga tradición democrática, la conservación del patrimonio cultural es compatible con el respeto a la libertad del individuo; que no es éste el que está al servicio de aquél, sino al revés; que no es admisible restringir los derechos de un ciudadano salvo que ello sea imprescindible para que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos. Que en democracia, cuando hay diferentes opciones compatibles, la cohesión social se basa en que cada ciudadano pueda elegir aquélla que más le guste o convenga.
El conocimiento genera inquietud y temor en los que pretenden controlar a la sociedad, porque la información puede conducir a que la exigencia de la libre elección se generalice y sea un clamor, y tal vez en ese caso la gran mentira quedaría al descubierto. A los que desde hace poco más de un año dedicamos nuestro tiempo y nuestros escasos recursos a informar y aglutinar esfuerzos con el único objetivo de lograr una política lingüística homologable a la de las democracias que nos rodean; a los que nos hemos atrevido a cuestionar el tabú; se nos tacha de segregacionistas. Este término, uno de los últimos hallazgos incorporados al argumentario común de los “normalizadores” siempre se aplicó a quienes desde el poder separan a los ciudadanos en grupos por características étnicas o de otro tipo, sobre todo en contra de su voluntad. Presintiendo, al parecer, cuál sería la opción mayoritariamente elegida, se apresuran a acusar a quienes no se decantarían por la opción que ellos ya han elegido para todos, de padecer prejuicios hacia las lenguas minoritarias, lo que es tan absurdo como lo sería afirmar que los padres que quieren que sus hijos aprendan en inglés tienen prejuicios hacia el húngaro por no preferir esta lengua.
El mensaje va calando. A los 80.000 ciudadanos que han plasmado su firma sobre los pliegos de nuestro manifiesto, se suman las voces que desde sectores socialmente importantes muestran su disconformidad con una política restrictiva de derechos y empobrecedora económica y culturalmente. El miedo de los mediocres a la competencia en libertad ha dado lugar al insulto y a la difamación desde las tribunas subvencionadas, a la agresión desde las alcantarillas de los fanáticos útiles. Tres veces se negó el Presidente Touriño a condenar públicamente las agresiones que los miembros de nuestra asociación, Galicia Bilingüe, estamos sufriendo. Tal vez el miedo a las consecuencias políticas de nuestra labor pesó más que su obligación de proteger la libertad de expresión de unos gallegos que reclaman pacíficamente y con argumentos un cambio en la legislación.
Y es que se aprende mucho informando. Así, fuimos descubriendo que la presión y la intimidación son más graves de lo que habíamos podido imaginar; que se extienden a muchos sectores de la sociedad, sobre todo hacia los docentes, y especialmente hacia los que comparten centro con una minoría muy activa que ha convertido su profesión en un apostolado. Algunos ya habían tirado la toalla, otros desafían la sanción impartiendo sus clases en la lengua que sus alumnos mejor comprenden o en la que quieren ser enseñados. Sus historias confesadas con palabras amargas nos han llegado a través del correo, de la llamada telefónica o de la cita en un café. Otros, disconformes, no se pronuncian por miedo a la exclusión, porque a todos nos gusta sentirnos queridos. Unos pocos nos hemos sobrepuesto a ese temor cuando hemos comprendido que nada vale el saludo de quien quiere más a una lengua que a la libertad.
Hemos aprendido que la maquinaria normalizadora mueve mucho más dinero del que sospechábamos. Que entidades que creíamos organismos gubernamentales a tenor de las subvenciones y del pábulo que se les da desde instancias oficiales, no son sino asociaciones privadas (Mesa Pola Normalización lingüística) que, bajo el pretexto de salvar una lengua, presionan a empresas, instituciones y directores de colegios. Colectivos con una ideología muy concreta que aceptan expresamente los apoyos de grupos radicales o antisistema. Al final hemos llegado a la conclusión de que lo que menos les importa es la conservación de una lengua, que ésta sólo es un instrumento de control social para conservar sus privilegios y lograr su proyecto político. No hay nada que más teman quienes legislan de espaldas a la ciudadanía que la sociedad abandone su pasividad. Nos corresponde a los que constituimos la sociedad civil reclamar que se respeten nuestros derechos. Lo haremos utilizando el poder que tenemos como votantes, removiendo las cúpulas de los partidos desde las bases, sumando, sin reproches. Las políticas “normalizadoras” no son más que el reflejo de un rancio nacionalismo cultural que por tradición ideológica nada tiene que ver ni con la izquierda democrática ni con la derecha liberal. Tenemos que promover un cambio en la legislación que padecemos en algunas comunidades autónomas, pero del que somos potenciales víctimas todos los españoles y que convierte derechos en deberes, algo que no es propio de un sistema democrático. No es sólo la formación de nuestros jóvenes lo que está en juego, sino nuestro derecho a vivir en una nación de individuos libres e iguales entre sí.
Gloria Lago. Presidente de Galicia Bilingüe.
SE TRATA DE LA LIBERTAD – Rosa Díez
Tanto en Galicia como en el País Vasco: se trata de la Libertad. Dirán ustedes que la situación de los ciudadanos en ambas Comunidades es bien diferente; no seré yo quien lo niegue. Pero hagamos el ejercicio de acercarnos a lo que está ocurriendo en Galicia en los últimos años.
Ningún observador libre, ajeno al dogmatismo partidario, podrá negar que los ciudadanos de Galicia son hoy menos libres que hace cuatro años. Los políticos gallegos que gobiernan la Comunidad Autónoma han dedicado todos sus esfuerzos a inventarse un problema con el que dividir a la ciudadanía y con el que marcar su propio territorio de poder: el idioma. En Galicia nunca (en democracia, naturalmente) existió un problema con el idioma. La gente entendía ambos (el común y el gallego) y se expresaba en cualquiera de ellos con toda libertad. Con la misma libertad decidía la lengua en la que quería educar a sus hijos y la lengua en la que quería entenderse con la Administración. Desde que se aprobó la Constitución del 78, los ciudadanos gallegos no se sintieron perseguidos por ser galleguistas o por querer hablar en ese idioma en público o en privado. Nadie se vio privado de su derecho a elegir.
Pero llegaron al gobierno unos señores que tenían el nueve por ciento de los votos y que querían marcar territorio. Llegaron con la intención de desarrollar su programa electoral en el que reivindicaban “un pueblo, una nación, una lengua”. Y con su nueve por ciento doblegaron (ciertamente sin apenas resistencia) a un partido socialista que tenía tanta apetencia de poder que renunció a sus principios. “Yo presido, tú mandas”, podría ser el lema de estos cuatro años de coalición entre el Partido Socialista y el Bloque Nacionalista Gallego. Y según llegaron, empezaron a inventarse la historia; y a crear problemas a la gente. Algo muy similar a lo que hizo Sabino Arana en el País Vasco hace más de cien años: fabular la historia de un pueblo perseguido, una identidad doblegada y una raza única y singular. Falsear la historia, inventarse una nueva, hacer un relato alternativo a la realidad. Y utilizar la lengua para marcar territorio.
Hoy los gallegos son menos libres que tan sólo hace cuatro años. Hoy en Galicia los padres no pueden elegir la lengua en la que educar a sus hijos, si esa lengua es la común, la lengua castellana, el español. Hoy los ciudadanos gallegos son menospreciados si se dirigen a la administración en la lengua común, en la que es la del estado, en la que es la de todos los ciudadanos españoles. Hoy los ciudadanos gallegos, educados en el gueto lingüístico, tiene muchas menos oportunidades para buscar trabajo fuera de su propia comunidad, para moverse libremente por todo el territorio nacional. A los que gobiernan no les preocupa que su política educativa y lingüística este empobreciendo el futuro de sus jóvenes al privarles de un instrumento de competitividad como es la lengua que hablan más de cuatrocientos cincuenta millones de ciudadanos en todos el mundo. Porque, no nos engañemos: esa será la consecuencia de esta política de inmersión en el gueto lingüístico que es, pura y llanamente, el chiringuito nacionalista. Un gueto, una política, que se pone en marcha para marcar territorio; para que se sepa cual es la lengua del que manda.
Pero los ciudadanos gallegos no son menos libres sólo por este sometimiento del Partido Socialista al Bloque Nacionalista en esta materia. Los ciudadanos gallegos son menos libres y sufren cuotas crecientes de desigualdad porque los que marcan territorio en Galicia apoyan en las Cortes Generales una política económica que destruye empleo a marchas forzadas y que ha provocado que actualmente haya en España más de 800.000 hogares en los que no trabaja ni uno sólo de sus miembros (189.00 nuevos en un sólo trimestre). Los ciudadanos gallegos han de saber que gracias al juego de “hoy por ti, mañana por mi”, culpables y cómplices de esta situación se apoyan mutuamente en ambos parlamentos, el nacional y el gallego. Para que el Bloque imponga su política de segregación lingüística, de negación de la libertad, de discriminación contra los ciudadanos que quieren ejercer su libertad, el PSOE le pide que apoye una política económica que está llevando al país a la ruina y que ha expulsado del sistema laboral a 3.207.900 ciudadanos en toda España, 129.000 de los cuales son gallegos ,32.500 nuevos en el último año. Y el Bloque, lo apoya.
Para que el Bloque siga imponiendo su política de “normalización lingüística” (es verdad que la ley la impulsó el PP en tiempos de Fraga y que Feijoó no muestra ningún interés en derogarla si llegaran a volver a gobernar) el PSOE le pide al Bloque que les ayude a impedir que Zapatero comparezca ante el Congreso a rendir cuentas sobre su política en esta materia. Y, con la que está cayendo, el Bloque le apoya. Les importa más marcar territorio , que se sepa quien manda en Galicia, que defender los derechos de los ciudadanos.
Ambos, los culpables y los cómplices: (El PSOE+BNG. el BNG+PSOE), alternativamente, han desarrollado unas políticas que nos arrebatan cada día cuotas de libertad. Ambos dos juntos ponen por encima de los derechos de los ciudadanos sus intereses partidistas. Ambos dos han desarrollado juntos políticas que han mermado la capacidad de los ciudadanos gallegos para competir, para ser más libres, para aspirar a una mayor calidad de vida, para ser tratados con equidad, para no ser discriminados, para poder elegir.
Y al otro lado, en el lado de la oposición (es un decir) está el otro gran partido, el Partido Popular. Grande por el número de escaños; grande por el número de ciudadanos que le apoyan. Pero pequeño por su nula ambición de país. Un partido que tanto en Galicia como en el conjunto de España está a la espera de que le toque la alternancia. Un partido que ha renunciado a ser alternativa, a ganar para hacer otra política. Un partido que sólo espera su turno. Un partido que pasteleó el reparto la tarta de la justicia, y a eso le llamó el gran pacto por la justicia. Un partido que no despeja si gobernará en Galicia con el Bloque, que ya le ha recordado, por cierto, que ellos se limitan a desarrollar la política que aprobó el PP cuando tenía mayoría absoluta. Un partido que, asemejándose cada vez más a lo peor del zapaterismo, dice una cosa diferente en cada sitio de España. Un partido que no tiene alternativa en materia económica (pactó con el PSOE los decretos de ayuda financiera y ya ven cómo está el tema: los bancos usan los recursos para sanar sus cuentas y no para dar créditos a las familias y a las empresas); que no sabe qué hacer con la financiación de las Comunidades Autónomas (Rajoy ha dicho que el PP tendrá una posición pero que respetará lo que decidan cada uno de sus barones territoriales, lo cual no deja de ser todo un hallazgo). Un partido perplejo y desnortado. Un partido que en el colmo del despropósito, de la irresponsabilidad y de la mediocridad ha decidido hacer oposición a Unión Progreso y Democracia.
Pues esto es lo que hay. Por eso les digo que se trata de la libertad. Libertad para elegir. Libertad para no resignarse a votar lo que ya les ha defraudado. Libertad para mandar a casa a unos políticos tan obsesionados con el poder que no les ha temblado el pulso a la hora de inventarse problemas para intentar enfrentar a los ciudadanos; libertad para hablar sin miedo a que se marginen a los niños en el colegio por lo que piensan o defienden sus padres. Libertad para construir una sociedad normal, no normalizada.
Para eso, para defender la libertad, para romper tabúes, para que se nos escuche, para que haya otras voces que proclamen que se puede hacer otra política y que se puede hacer política de otra manera, estaremos hoy en Santiago presentando a nuestros candidatos al Parlamento Gallego. Para darles a los ciudadanos la oportunidad de elegir, para recabar su confianza. Para decirles a todos los ciudadanos gallegos que aquí, en este partido nuevo, en Unión Progreso y Democracia está la alternativa.
VAMOS A POR TODAS
Rosa Díez, Portavoz de UPyD |
| 19 de enero de 2009 |
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Los mandamases de los partidos políticos nacionales están desconcertados. Los jefes y los voceros del Partido Socialista y del Partido Popular andan desde hace unas semanas compitiendo entre ellos para ver quien consigue incidir más en sus lectores y potenciales electores para explicarles lo tremendamente de derechas o de izquierdas que somos — o, particularmente– lo es Rosa Díez. Esta fiebre descriptiva de nuestra ideología coincide en el tiempo con las encuestas de opinión y de valoración de liderazgos: cuando más expectativa de crecimiento tiene Unión Progreso y Democracia, cuando mejor valoración recibe su portavoz, más arrecian los “artículos” descriptivos de “lo que somos”. Por supuesto, nadie habla de lo que hacemos o de lo que defendemos, porque para eso haría falta pensar y argumentar; y esa cualidad y capacidad no están siempre al alcance de los que dirigen los partidos señalados o los que se prestan desde los medios de comunicación a hacerles la propaganda de sus consignas. Es verdad que el Partido Socialista hace esta labor de zapa contra nosotros con más inteligencia mediática que el Partido Popular; no en vano hace ya mucho tiempo que en el PSOE se ha sustituido la política por la demoscopia. Por eso no es de extrañar que el partido que gobierna (es un decir) gestionen la propaganda mejor que el PP, pues estos últimos todavía no han descubierto qué quieren ser de mayores y se pasan los días pares y/o impares discutiendo si vienen o van. Anticipo que esta apreciación nada tiene que ver con el hecho de que Mariano Rajoy sea gallego; se dice que cuando uno ve un gallego nunca sabe si sube o baja; pero el gallego sí que lo sabe. Creo que no hacen falta más explicaciones. Les decía que a izquierda y derecha (es un decir) arrecian los “artículos” explicando por qué no hay que votarnos. Los más cercanos al poder instituido ( o sea, al PSOE) cumplen bastante bien la consigna de la “patronal” que es la de de ignorarnos: sencillamente no existimos. Así nadie de sus lectores o escuchantes podrá plantearse siquiera la posibilidad de darnos su confianza. Pero de vez en cuando se les escapa algún espontáneo como Cercas en El País o el nunca suficientemente bien ponderado director de El Plural que se sienten obligados a insistir en que somos un partido a la derecha de la derecha española y que por tanto nadie que se considere de izquierdas deberá de cometer el pecado de votarnos. Patxi López también ha ayudado en esa dirección al afirmar que “Rosa Díez es una persona de derechas a la que nadie de izquierdas deberá votar” y con la que “no coincido en nada”. También alguno de los diputados nacionales del PSOE (de la Rocha, entre otros) ha insistido en esa misma teoría cuando hemos defendido en las Cortes la devolución al Estado de la competencia de Educación; o cuando hemos votado en contra de la admisión a trámite del Proyecto de Estatuto de Autonomía de Castilla la Mancha; o cuando — es la pera– hemos propuesto a través de una Moción que el Gobierno actúe con la Ley en la mano y expulse a ETA de los cuarenta y dos ayuntamientos vascos y navarros en los que gobierna. En el PP, como son más acomplejados, la lluvia de “reportajes” sobre nuestro partido y sobre mí misma no cesa. En algunos digitales como “El Confidencial” incluso han hecho una serie de dos capítulos para tener más espacio y “descomponer” a Rosa Díez y a UPyD. Época nos dedica una portada y un reportaje para descubrir cuan de izquierdas (y cuan nacionalista) soy: estuve en un gobierno de coalición (gran aportación del periodismo de investigación); tenía una ikurriña en mi despacho (pena que no se fijaran en la bandera española que siempre estuvo en mi mesa); en los viajes de promoción de las empresas vascas me acompañaban empresarios del PNV (mecachis…, por qué no harían en tiempos de Aznar una ley para prohibir a los ciudadanos del PNV dirigir empresas o trabajar en ellas…!!); o haber hecho una campaña de turismo bajo el lema “Ven y cuéntalo” (otra gran aportación del periodismo de investigación: no se había enterado nadie hasta que lo han publicado ellos.) Por cierto, en eso de criticarme por haber sido miembro de un gobierno de coalición coinciden los que me califican de derechas con los que me califican de izquierdas. Los extremos, como siempre, se tocan. Claro que los medios al servicio del PP están casi obligados a hacer estas cosas de propaganda, dado que los dirigentes de ese partido me dedican (nos dedican) un valioso tiempo cada vez que comparecen ante los medios de comunicación. Desde González Pons que nos “acusa” de copiar sus iniciativas (anda, o sea que vamos a ser de derechas….) hasta Soraya Sáez de Santamaría que explica que estamos en total desacuerdo en “el aborto y la Monarquía”. Y, como llevaba preparada esa intervención, saca un papel y lee, entrecomillada, una declaración mía en la que reflexiono sobre hasta qué punto la Monarquía debiera de ser consciente de que el cuestionamiento del orden constitucional y de sus símbolos que practica/permite el PSOE terminará afectándola. Y dice la Portavoz :”En consecuencia, votó en contra de la partida presupuestaria para la Casa Real”. ¡Toma castaña” En consecuencia …se fue a comprar un par de zapatos… No tienen remedio. Claro que luego viene Rajoy y dice en la COPE que no coincide conmigo en nada. Vamos, como Patxi López. Lo dicho: se tocan. Para cerrar el círculo entró en el debate el diario pro-etarra GARA. El citado periódico dió cuenta de la inauguración de nuestra sede en Álava explicando por qué ni los ciudadanos de derechas, ni los de izquierdas, ni los nacionalistas debían darnos su confianza. O sea, que no debe votarnos nadie. Insisto: se tocan. Coinciden todos (los prisa, los confidencial, los gara, los plural…): no saben qué hacer contra nosotros. Les desconcertamos porque somos un partido autónomo, un partido de estado, un partido sin miedo a romper tabúes; nos temen porque somos un peligro para el poder establecido en el que se sienten tan a gusto. Pues sí, lo somos. Y lo vamos a seguir siendo. La verdad, queridos amigos, es que nos están haciendo un inmenso favor. Enzarzados los dos grandes partidos y sus voceros en marcar distancias de nosotros, un partido con poco más de un año de vida y una sola diputada en las Cortes Generales… Si alguien nos lo hubiera vaticinado no nos lo hubiéramos podido creer. No se puede ser más torpe y/o más sectario. Ambos dos compiten en sectarismo, aunque quien mejor lo administra es el PSOE: en ese partido nos temen lo mismo que en el PP; pero nos tienen más manía. Por eso su estrategia es de exclusión, aunque de vez en cuando se les hinche la vena o les puedan las tripas y no puedan evitar darnos una dentellada. Y lo único que se les ocurre decir para el desahogo es que somos de derechas. Debe de ser que llevan demasiado tiempo sin tener que encontrar argumentos para ganar a la oposición. Y es que, dicho sea de paso, es difícil encontrar un tiempo en que hayan coincidido en España un gobierno y una oposición de este nivel… Si al PSOE le parece que denunciar que el cálculo del Cupo Vasco o de la Aportación Navarra está mal hecho, genera desigualdad, representa un privilegio que no se puede sostener y sirve para financiar el chiringuito nacionalista es ser de derechas, pues seremos de derechas. Y si al PP le parece que eso es ser de izquierdas, pues seremos de izquierdas. Si al PSOE le parece que exigir que se cambie la ley electoral para que el voto de los ciudadanos valga lo mismo l margen de la parte de España en la que viva es de derechas, pues estaremos encantados de ser de derechas. Y si al PP le parece que eso es ser de izquierdas, pues encantados también con ser de izquierdas. Si al PSOE le parece que impugnar sus pactos sobre la Justicia ( o sea, el reparto de la tarta en el Consejo General del Poder Judicial) y exigir que se cambie la Ley para que no puedan someter a la Justicia al poder partidario es ser de derechas, pues seremos de derechas. Y si al PP le parece que modificar la Constitución para que ni el Fiscal General del Estado ni el Tribunal Constitucional estén tutelados por quien gobierne en España es ser de izquierdas, pues seremos de izquierdas. Si al PSOE le parece que defender la unidad de la nación española como único instrumento capaz de garantizar la igualdad de los españoles ante la ley es ser de derechas, pues somos de derechas. Si al PSOE le parece que exigir el respeto a los símbolos constitucionales y el derecho de todo ciudadano a reclamar que se cumpla la ley al respecto es ser de derechas, pues encantados de ser de derechas. Si al PP le parece que estar en contra de la directiva europea que permite la expulsión de inmigrantes y de menores y la implantación de guetos para inmigrantes en territorio europeo es ser de izquierdas, pues somos de izquierdas. Si al PSOE le parece que esa directiva es de izquierdas (ellos la han apoyado) pues seremos de derechas. Si que el Estado recupere la competencia de Educación es ser de derechas, pues somos claramente de derechas. Si, por contra, a otros les parece que eso es ser de izquierdas, pues somos de izquierdas. Si revisar sin ningún tipo de complejo la actual distribución de competencias es ser de derechas, pues seremos de derechas. Si afirmar que la máxima autonomía no siempre conlleva el mayor bienestar para los ciudadanos y en modo alguno garantiza lo óptimo desde la perspectiva de la cohesión y de la igualdad es ser de derechas, pues seremos de derechas. O de izquierdas, que lo califiquen como quieran. Si defender la laicidad del Estado –y, por tanto, la radical separación de poderes entre el Estado y la Iglesia– es de izquierdas, pues somos de izquierdas. Si a los del PSOE les parece somos de derechas porque tachamos de hipócritas a quienes hacen discursos contra la jerarquía eclesiástica católica y no dicen nunca nada contra los líderes religiosos que defienden la lapidación de mujeres o el asesinato de homosexuales, pues, a mucha honra, seremos de derechas. Aviso a diestro y siniestro: todo esto nos la refanfinfla. Y no nos merecen ningún respeto quienes para ocultar su mediocridad y su falta de respeto a la sociedad plural y democrática han rebajado la política hasta estos niveles. Nuestra única ambición es que los ciudadanos sepan lo que queremos hacer y por qué lo queremos hacer. Que conozcan nuestras propuestas y nuestros argumentos. Y que se sientan identificados con ellas hasta el extremos de darnos su confianza para que podamos llevarlas a cabo. Y en eso vamos a seguir trabajando. Porque creemos en la política y en la necesidad de hacer política de otra manera. Porque hablamos a ciudadanos con libre albedrío, dueños de su pensamiento y de su voto. Porque creemos en una ciudadanía independiente, crítica, libre para elegir. Porque no nos interesa nada la política de panfleto o de consigna que se ha impuesto en España para que se puedan mantener en el poder alternativamente los dos partidos políticos cuyo modelo ya ha fracasado. Porque no nos da miedo defender en todos los lugares de España las cosas en las que creemos; porque tenemos un sentido institucional de la política; porque tenemos ambición de país. Dejemos a los sectarios y a los acomplejados que sigan en sus cosas; que sigan con esa estrategia mediocre y papanata que parte de la base de que los ciudadanos no piensan ni tienen criterio. Dejémosles que sigan adjetivándonos en vez de rebatir nuestros argumentos. Y sigamos adelante. Sigamos hablando con la gente, escuchando sus problemas y sus sugerencias, debatiendo sobre sus propuestas. Sigamos nuestra tarea de acercar la política a la ciudadanía; empeñémonos en buscar complicidades, en regenerar la democracia. Quiero deciros que estoy muy contenta. Todo lo que está sucediendo en los últimos tiempos alrededor de nuestra formación política me obliga a estarlo. El hecho de que nuestras candidaturas autonómicas– tanto en Galicia como en el País Vasco– estén compuestas en su mayor parte por personas que nunca estuvieron vinculadas a un partido político habla muy bien de la ciudadanía. El hecho de que no pase un día sin que alguien se incorpore a nuestra tarea de construir una alternativa a la política de frentes a la que nos llevan los unos y los otros, es una noticia estupenda; el hecho de que hayamos conseguido que un creciente número de ciudadanos haya descubierto la utilidad de votar lo que les guste por encima del cálculo de votar al menos malo de los que ya conocen, es una noticia trascendente para la democracia. Porque eso es regenerar la democracia: que los ciudadanos recuperen el control sobre la política; que reivindiquen y ejerzan su libre albedrío; que sean críticos, libres, altruistas, valientes. Tenemos una hermosa tarea por delante; sí, será trabajoso y cansado. Habremos de multiplicarnos en las próximas semanas; y después también. Pero bien que merece la pena. Sólo por escuchar cada día a alguien decirnos que le hemos ayudado a recuperar la confianza en la política y en las instituciones democráticas, merece la pena cualquier esfuerzo que debamos hacer. Sólo por reconocer y apreciar el sacrificio que para nuestros candidatos representa aparcar su vida privada y ofrecerse a representar a los ciudadanos desde nuestras candidaturas, merece la pena. Sólo por acompañar a personas como Tomás Tueros; o Pilar Ruiz; o Estíbaliz Garmendia, merece la pena. Sólo por no defraudar a tantos jóvenes que se han incorporado a nuestras filas llenos de emoción y de ilusión, merece la pena. Quede claro que vamos a por todas. Y que la historia la estamos escribiendo entre todos cada día.
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