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Para mis chorraditas

21 gramos (Alejandro González Iñárritu, 2003)

Sublime y desgarradora.

Decir que se sale hecha pedazos de esta película es poco. Por múltiples razones que tienen que ver tanto con el fondo como con la forma. Ya Iñárritu había utilizado la técnica del corte narrativo en piezas de rompecabezas en Amores Perros, pero aquí lo lleva a sus últimos extremos consiguiendo un paroxismo difícil de superar. El último instante, donde la visión global, unificada une todos los hilos formados por muchos instantes desconcertantes, imágenes rotas, momentos no significativos en su inmediatez, actos sin lógica aparente que, como trozos dispersos, se funden en una sinfonía de vidas múltiples entremezcladas. Con esta “trampa”, muy lograda a mi modo de ver, el impacto emocional de la película se multiplica por cien. La imposibilidad que experimenta la mente de unir lógicamente un mosaico de escenas, a cada cual más fuerte, provoca una tensión interior constante y un violento deseo de implicarse en ese misterio para conocer la resolución del enigma.

Contrariamente a una construcción lineal en la que se parte de un punto bajo para seguir un crescendo que desemboque, en teoría, en una cima trágica, aquí nos confrontan a una especie de holograma visual. Cada parcela del drama total contiene la intensidad de éste. No vamos de 0 a 100. ¡Estamos, permanentemente, en visiones fragmentadas del 100!

Bajo una historia aparentemente corriente (“un culebrón” dijo mi marido al salir, aunque después, evidentemente, matizó), donde se entremezclan la vida, el amor, la muerte… nos presentan además innumerables temas tangenciales: la dificultad de comunicar, la culpa, la fe, la redención, el abandono, la búsqueda de la propia identidad, el renacimiento… Con todo ello moldea a sus personajes, los amasa, los tritura, les hace expresar la quintaesencia de los trasfondos de sus almas a través de escenas cortas, trituradas, disecadas…

La forma de filmar “en bruto” con una imagen como granulosa, que, por otra parte no molesta en absoluto, ya que el fondo barre este aspecto secundario de la forma, refuerza aun más, por si fuera necesario, el impacto emocional, borrando todo aquello que la tragedia pudiera tener de liso, de artificial.

Iñárritu juega con maestría con los contrastes, la coexistencia temporal de contrarios, la yuxtaposición de momentos vividos de forma discordante por individualidades enfrentadas a situaciones opuestas.

El exceso nunca deja indiferente y estas elecciones no gustarán a todo el mundo. Los extremos dividen. Para el espectador que tiene la capacidad y la voluntad de aceptar el hechizo de esta obra, creo que serían necesarios múltiples visionados para poder agotar su extrema riqueza. Los actores entran, con una intensidad carnal febril, intensa, tumultuosa, en este mundo desestructurado. Sean Penn demuestra, una vez más tras el extraordinario Mystic River, que es uno de los actores más intensamente expresivos que hay. Pero Naomi Watts y Benicio del Toro nos ofrecen igualmente dos interpretaciones sublimes e inolvidables.

Jueves, 28 junio 2007 - Posted by | Cine

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