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Para mis chorraditas

Bailando en la oscuridad / Dancer in the dark (Lars Von Trier, 2000)

Cuando los ojos han visto la particular condición humana pueden aventurarse en la posibilidad de explorar el territorio de las sombras. Más aún, cuando el paso hacia el nuevo territorio resulta inevitable. Selma parece comprender que el mejor camino para encontrarse con su trágico destino es aceptarlo positivamente y acelerar el paso de ejecución en su propia dinámica (expresión de la dinámica humana). Ha visto el horror y la alegría, la mentira y la bondad, la pasión y el desencanto. Ahora sabe que la luz se le agotará prontamente y que será cubierta por la sugestiva oscuridad. Ante esto no protesta, más bien clama por que el tiempo le alcance para obtener su máximo logro, el que le da razón a su presencia en el mundo lumínico. El deseo de ser Madre la llevó a continuar su tragedia en la persona de su hijo, pero quiere lavarse, sanarse, perdonarse, y por ello, todo lo encausa hacia un solo objetivo, lograr que su hijo se mantenga con la posibilidad de la luz que para Ella ya está totalmente perdida.

Sucesivos actos amorosos conforman la práctica de vida de Selma en pro de su anhelo: Recobra impulso con el recuerdo y la vivencia de su máxima pasión, la música y la danza, el movimiento del sonido armónico, que asimiló desde niña complementándolo con el afinamiento de su garganta que deja verter en mágicos momentos un desgarrador canto, expresión de sus más profundas pulsiones. El amor se desgaja en cada nota; conserva una sonrisa que a todos regala, elevando su fino espíritu. No importa la adversidad, la vida es más bella y su búsqueda merece mantenerla alegre. El amor se despliega en su rostro sonriente. En el darse encuentra sentido su existencia; la simpleza que genera el actuar natural, inunda los espacios por donde Ella transita. Sencilla y frágil pero con grandes convencimientos.

Conoce la importancia de guardar un secreto aún ante la realidad de una sentencia adversa que ello le genera, puede crear un mito con la figura de su amado Oldrich Novy para mostrarlo como su padre o es capaz de aceptar un papel para el “gran musical” a sabiendas de que no puede bailar y que su ceguera le hace perder la dimensión del escenario. El amor, presente en las pequeñas cosas, naturales y sinceras, las que surgen del primer impulso del corazón y que no se detienen para pasar por el filtro de la razón.

Además de la carga amorosa que lleva en su extraño viaje, Selma también ha logrado una particular forma de relación con el entorno y los fenómenos: Debido a que percibe cada vez más menguada la sensibilidad visual, ha desarrollado un gusto especial por el sonido, a veces por lo que sería ruido para una lógica predominante, como el traqueteo de las máquinas, pero que Ella lo transforma en armonía con su ensoñadora imaginación. También reclama el sonido del zapateo que ocasionaban las presentaciones de Novy. Da más importancia al sonido que a la luz. Cuando la luz se ausenta, perturba el silencio. El sonido confirma la existencia. De igual manera, como ve con los ojos que se agotan, capta lo que no es evidente para la mayoría ya que despierta los ojos del alma que reconocen la amistad, el dolor, el engaño y la lealtad. La luz se apaga pero otras sensaciones se desarrollan. Ante el absurdo vuelve la espalda. Aunque tenga que perder su vida, deja que el mismo absurdo condene a sus verdugos, como Sócrates en la antigua Grecia que decía en sus últimas horas “Pero no es difícil, atenienses, evitar la muerte, es mucho más difícil evitar la maldad; en efecto, corre más deprisa que la muerte” (APOLOGÍA DE SÓCRATES. Editorial Gredos S.A. 1993).

Siente intensamente la cercanía de la muerte, solo 107 pasos la separan de su última estancia, el miedo inmoviliza sus extremidades inferiores, padece la impotencia del condenado y sus convicciones siguen firmes hasta el último momento cuando comprende que alcanzó su objetivo. Los anteojos nunca más presionaran la pequeña cabeza de Gene, se han impuesto la entrega y la paciencia. Ahora puede cantar tranquila su propio réquiem, es el canto que salva, que trasciende, que libera, que recibe en los brazos a la muerte y se esfuma con ella en un arrullo. Se va Selma, una nueva luz le aguarda y Gene aunque huérfano, conservará el destello de la lucha de su madre.

Este trabajo realizado bajo los lineamientos del “Dogma 95”, se mantiene fiel a los preceptos de producción primaria, con cámara en mano y narración lineal, expresión de la realidad objetiva. Pero en algunas secuencias rompe ese esquema y con distintas cámaras, desde distintos ángulos se adentra en la representación de realidades subjetivas, producto de la ensoñación de Selma. En estos fragmentos aumenta el ritmo, se da un cambio de tempo, la fotografía se exalta y el elemento musical aparece con suma importancia. Creando así, la pretendida atmósfera poética, tranquila, equilibrada y totalmente expresiva de la otra realidad en un nuevo estado de conciencia en el que el divertimento  es la vida.

 Para mí fue una película desgarradora… ¿qué podía hacer sino llorar? Llorar y criticar. Llorar y lamentar. Quedarme ciega, a ratos, de tanto llorar.

Siento que todo es pulsión y no se conoce la serenidad, todo es fatalidad. Sobrevive la magia del musical: magia manchada por un cielo que flagela. Es un reino masoquista, pero las texturas nos ganan.

El traslado desde la barbarie masoquista melodramática y las texturas sublimes se realiza sobre los musicales. En uno, en que Selma/Bjork jura que puede ver, la acarrea un tren. En otro, después del asesinato, hay un juego en el disco que circula, el niño que da vueltas en la bicicleta, la mirada de dios que también está “un poco loco”. Los musicales llegan a ser los textos “santificantes” sobre varias probabilidades: el futuro desnucado, la aclimatación de la inmigrante, la solidaridad (de Catherine Denueve disfrazada de obrera), el amor (del camionero que amará fielmente a Selma para siempre, situado en posición lateral que descorazona). Pero Dancer in the dark es más truculenta todavía (o va más a fondo todavía): se transforma en himno contra la pena de muerte. Ahí nace el silencio.

Se dirá que no es una historia. Se dirá que es una hipótesis de la truculencia. Por un lado, no es mala idea. Por otro lado, el problema de la inmigración en estos tiempos de lágrimas no deja de tener sus aristas afiladas. Para mí, ver Dancer in the dark fue lastimarme con unas cuantas.

Jueves, 28 junio 2007 - Posted by | Cine

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