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Para mis chorraditas

El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)

A dos manos Ayla/Eustache:

MITOS Y DESENCANTOS

Existen determinados acontecimientos ante los cuales la exégesis o la mera escritura provocan una sensación de malestar debido a la dificultad de encerrar en una crítica lo que no es más ni menos que una poderosísima iluminación interior, un desmantelamiento de nuestras viciadas maneras de mirar, de entender el cine hecho en el siglo XX, en su mayor parte, incluso el más excelso, con un componente autoreferencial y complaciente. Ésta es la sensación que nos queda después de ver El espíritu de la Colmena, el primer largometraje de Víctor Erice.

Ya desde sus primeros cortometrajes apuntaba maneras heterodoxas de puesta en escena de sus obsesiones e intereses estéticos, pero es a partir de El espíritu cuando se convierte en un cineasta-isla, de estirpe única.La historia se desarrolla en un pueblecito de Castilla. Un domingo, dos hermanas, Isabel y Ana asisten a la proyección de Frankenstein, el clásico de Whale, en un cine ambulante y el espectáculo –en una escena de deslumbrante belleza, con Ana Torrent llenando de ojos asombrados la pantalla-  suscita reacciones diferentes en ambas, fantaseando con la existencia real del monstruo. Ana representa el despertar de la vida, la mirada nueva, reciente, sin contaminar, que absorbe todo, que vive pero que aun no sabe reconocer la diferencia entre ficción y realidad; Isabel, sin embargo, está aprendiendo a distinguirlas (¿a falsificarlas?) y juega con ello. Ana busca dentro del misterio hipnótico que el cine le produce, la ficción de éste no es para ella un relato pasajero sino la entrada en un mundo lleno de sensaciones que tanto los adultos como su hermana han perdido ya. A partir de aquí la pequeña buscará, mediante la invocación, un encuentro que el azar se encargará de cristalizar en un fugitivo (del que no conocemos ideología ni procedencia, aunque se nos muestre claramente mediante la puesta en escena) al que Ana dará de comer y mantendrá en secreto; el final trágico del perseguido desencadena la huida de Ana, que, descubierto su secreto, huye rebelándose contra, lo que sin saberlo, es su primera pérdida de inocencia. El mito congregado por la memoria en los espacios de la infancia, aquí representado por el cine y su poder de evocación, es el eje sobre el que gira la rueda, no sólo de esta película, sino también de El Sur, su posterior y segunda obra maestra.Pero en la obra cinematográfica de Erice importa menos lo que nos muestra el encuadre (a pesar de la soberbia fotografía de Luis Cuadrado, que a veces llega a lo milagroso) que lo que se queda fuera de campo, donde realmente surge la plenitud de un guión austero en diálogos pero que, por medio de sutiles elipsis y una inteligentísima dosificación de los silencios, le otorgan una elocuencia extraordinaria.Como toda película inagotable, se presta a tantas lecturas como espectadores atentos la contemplen.

Si el mito era el personaje central del mundo infantil, el desencanto lo es del mundo adulto. En la película, tanto Teresa, cuya presencia es casi imperceptible, ligada al pasado a través de una correspondencia estéril con un amante (muerto o vivo, es irrelevante para la historia), que vive una vida ficticia que no le pertenece, como Fernando, autoexiliado y lúcido misántropo que gasta sus días escribiendo en un diario, viven con un feroz distanciamiento, no solo entre ambos, sino con su entorno afectivo. Erice se muestra implacable en su convencimiento de la dificultad de sobrevivir a un pasado feliz. El ser humano social y adulto sólo aspira ya a suplantar con seguridad, hijos y bienestar la dolorosa certidumbre de la inutilidad esencial de nuestros actos, que los postulados sobre los que hemos cimentado nuestras conductas y nuestras acciones pueden ser perfectamente intercambiables con las de una comunidad de abejas. Por eso, en un momento conmovedor, el personaje que interpreta magistralmente Fernán Gómez nos recuerda que tras el asombro inicial no puedo evitar la tristeza del espanto...

La sensación de desamparo emocional que rodea a todos los personajes no deja de ser una metáfora de la España de los años 40, un país machacado por la guerra y hambriento, sin más referentes que el yugo y la flecha.

Como bien apuntaba el propio director en esta reflexión: “A veces pienso que para quienes en su infancia han vivido a fondo ese vacío que, en tantos aspectos básicos, heredamos los que nacimos inmediatamente después de una guerra civil como la nuestra, los mayores eran con frecuencia eso: un vacío, una ausencia. Estaban -los que estaban- pero no estaban. Y, ¿por qué no estaban? Pues porque habían muerto, se habían marchado o bien eran unos seres ensimismados, desprovistos radicalmente de sus más elementales modos de expresión. Me refiero, claro está, a los vencidos; pero no sólo a los que lo fueron oficialmente, sino a toda clase de vencidos, incluidos aquellos que, independientemente del bando en que militaron, vivieron el conflicto con todas sus consecuencias sin tener auténtica conciencia de las razones de sus actos, simplemente por una cuestión de supervivencia”.

Había que apuntar entonces a la ambigüedad ideológica, al mensaje encubierto, y Erice lo hace desde una perspectiva poética, de forma absolutamente diáfana para quien sepa leer entre líneas, cualidad que no era precisamente proverbial en la censura de aquella época, analfabetos funcionales más empeñados en el custodio de la moralidad pública que en prohibir radiografías más o menos sutiles del estado de las cosas.

En definitiva, una película sutil, casi pudorosa, de una turbadora e imperecedera belleza.

Jueves, 28 junio 2007 - Posted by | Cine

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