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Para mis chorraditas

Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004)

Lo primero que quisiera decir, es que la película tiene una historia fuerte y conmovedora, cierto. Un buen guión. Bien contado. Pero la película nunca habría sido la misma si Javier Bardem no la hubiera interpretado. Para mí, Bardem se ha convertido ya en uno de los mejores actores que se puedan encontrar en el campo cinematográfico en todo el mundo. Con los escasos recursos interpretativos de que disppne, sólo la cara y la voz, abrumado por un pesado maquillaje, consigue abrir un mundo y suscitarnos todas las emociones posibles. Con un gran esfuerzo de economía interpretativa, mueve y conmueve.

La batalla de Sampedro estaba destinada al fracaso por la estrechez de los ambientes religiosos y culturales, pero no es en el aspecto político y social (de hecho el menos desarrollado) donde Amenábar quiere poner énfasis, sino sobre el lado humano de la persona que ha tomado esta decisión, que, imposibilitada para prepararse el compuesto letal, está cada vez más decidido a procurarse una muerte digna.

Amenábar rueda esta película como si fuese un thriller, por el interés que consigue crear sobre el “cómo acabará” (supongo que sobre todo en públicos que no conozcan tan de cerca el caso concreto como le ocurre al español), pero no desdeña el hacer refexiones sobre los conceptos de muerte y de vida, sobre el sentido de la existencia y sobre la ausencia de la misma (operación que ya realizó, en el fondo, con Los Otros). Pero Amenábar es, además y sobre todo, un gran director capaz de mover la cámara con amplias y veloces tomas aéreas sobre el campo y el mar de Galicia, el mar al que Ramón quiere retornar.

En su camino Ramón encontrará a personas que se oponen radicalmente a su propósito (su obstinado hermano), otras que lo seguirán silenciosamente (la cuñada, el sobrino, el padre), otras que lo amarán sin dar la amarga sensación de conmiseración. Entre éstas últimas Ramón encontrará quien pueda ayudarlo hasta el final.

Pensando en el tema de la eutanasia vienen a la cabeza un par de títulos Mi vida es mía de John Badham, y la más reciente, Las invasiones bárbaras de Denys Arcand. Pero se trata de películas completamente distintas, con un único rasgo en común: tienen la valentía de llegar hasta el final, jugando al mismo tiempo con la ironía. Pero Mar adentro se aleja del feroz sarcasmo de Arcand, tomando partido por la personalidad amable y humana de Sampedro, por su capacidad de vivir (aunque suene contradictorio), de ser humano, generoso, respetuoso y paciente con todos.

La película no plantea el debate sobre la eutanasia desde el momento en que Amenábar acepta de forma incondicional el punto de vista de su personaje (“La vida es un derecho, no una obligación”) sin preocuparse de resolver la cuestión en términos éticos. En el único momento en que se teoriza sobre el tema es en la “confrontación” del protagonista y el sacerdote tetrapléjico, lo inconciliable de ambas posturas se puede resumir en una frase que intercambian: “una libertad que quita la vida no es una verdadera libertad” dice el cura. Ramón rebate: “una vida que quita libertad no es una verdadera vida”. Y la cuestión queda abierta. Resolverla, viene a decir el autor, corresponde a quien está vinculado a ella en primera persona, no a cualquier especulación, sea religiosa o laica.

Lo que, sin embargo, interesa a Amenábar, y que se revela verdaderamente revolucionario, es la particular naturaleza de Ramón, cuyo encanto reside en una aparente contradicción: su deseo de muerte surge de las imposibilidad de vivir con dignidad, pero no se trata, en él, de un odio por la vida en sí misma, al contrario, es capaz de transmitir alegría y buen humor a las personas que lo rodean preocupándose por cada una de ellas, con la condición de que no lo juzguen. Desde su posición horizontal (Ramón rechaza la silla de ruedas por encontrarla degradante y esta elección es ya un habituarse, una forma de invocar a la muerte) Ramón observa todo. Y cuando tiene ganas de mar, simplemente sueña con volar hasta la playa. El mar que da y que quita, que es, al mismo tiempo, muerte y vida. Y la película tiene un movimiento casi de olas, perennemente ondulante entre representaciones reales e investigaciones en el yo, desde el interior de un hombre al que, en varias ocasiones, vemos levantarse y caminar, o volar (en una espléndida y liberadora perspeciva) acompañado por la tormentosa y al mismo tiempo intensa y dulce aria Nessun Dorma, de Turandot. Y no es únicamente el suave sol de Galicia el que ilumina la película, sino también el espíritu de un hombre que, a pesar de todo, continua viviendo, luchando, amando, que transmite aun un fuerte amor por la vida en quienes deciden quedarse.

Le pronostico un gran éxito oficial, pero sobre todo, el reconocimiento del público.

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De Eustache:

Espléndida la instrospección de Ayla. Su lectura de la película abarca toda la compleja personalidad de un ser memorable como Ramón Sampedro y desentraña minuciosamente la visión de Amenabar y su equipo.No podría añadir nada que no abundara en la retórica. Una vez dicho esto quiero incidir en los defectos de forma que hacen que esta película no esté a la altura de lo que propone, me explicaré:

La película propone, como premisa, la historia de un hombre que sufre pero que, para nuestro asombro, se comporta como si su dolor -existencial, obviamente, ya que su cuerpo es carne inerte- fuera algo coyuntural, pasajero. Lo vemos con una eterna sonrisa, seduciendo a la menor oportunidad a todos los que le rodean, y no sólo a las mujeres.

El director, siguiendo una línea de cierto cine Norteamericano (ahora recuerdo Despertares),
construye un discurso fílmico que, mediante repetidas “aventuras” aéreas del protagonista, propone oxigenar la dolorosa realidad del ser humano inmóvil, dolorosamente inmóvil, levantándolo “oníricamente” de la cama y llevándolo a pasear por los luminosos prados gallegos.

La angustia de Ramón Sampedro, su radical opción por la muerte, es sacrificada así, mediante engañifas estéticas, a la exaltación de la vida a pesar de todo, cuando la verdadera lección (humana y vital) que nos dió Ramón fue de renuncia, de completa, dolorosa e incomprendida renuncia.

El retrato que hace Amenábar del proceso de un hombre hacia su muerte es deliberadamente digerible, inyectando en todos los planos donde hay más de un personaje la correspondiente dosis de consuelo, buscando reconfortar al espectador ya sea mediante liberación emocional (el llanto, omnipresente en todos los personajes, es un liberador pero fácil recurso) o mediante un acomodamiento estético que huye de la indagación realista de la devastación y del sufrimiento, como tan bien lo hacen por poner un ejemplo, los cineastas ingleses. Así, nos llega una visión enfática y optimista del dolor, sirviéndose para ello de la veta humorística e irónica del protagonista, pero escamoteando el atroz proceso mental que cualquier ser humano experimenta ante el oscuro viaje hacia la muerte (el único plano que a mi modo de ver está en esta dirección es el escalofriante plano de la grabación de su suicidio).

Ni que decir tiene que, a pesar de mi decepción, la película es magnífica, gracias a unos actores fuera de toda sospecha y una historia conmovedora, como bien dice Ayla.

Jueves, 28 junio 2007 - Posted by | Cine

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