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Para mis chorraditas

Carta a papá

Sevilla, 26 de Abril de 1997

Querido papi,

     Desde hace algún tiempo te vengo notando «rarito», ya sé que no estás deprimido, como dicen los demás, pero pareces preocupado… y tu preocupación nos preocupa a todos. Es normal, porque has comido mucho y has sido gordo y ahora no tienes ganas de comer, pero ¿cuántas veces has hecho régimen para estar más delgado? En vez  de disgustarte por lo que no comes, intenta comer lo que te gusta y disfrutarlo, así te sentará mejor. La enfermedad es siempre un motivo de disgusto, pero en esos libros que leo yo, y que todo el mundo me critica, aunque al final demuestre que tengo razón, como cuando yo quería darle el pecho a Irene cada vez que lo pedía y todos me decían que no estaba bien, que no era así (sólo tú me dabas la razón) al final conseguí darle toda la teta que quiso, la puse hecha un reboliño, y, sobre todo, no la dejé llorar que era lo que yo que­ría, porque, digan lo que digan, tú y yo estamos convencidos de que a los niños no hay que dejarles llorar; a lo que iba, en esos libros he leído que muchas veces se “elige” estar enfermo, y que el estado de ánimo, las ganas de vivir y de disfrutar consiguen ir aplazando esos males y, si no eliminar­los, al menos postergarlos. Eso se lo escribí hace tiempo en una carta a Purita, no sé si me hizo caso o se limitó a llorar, el caso es que sigue llorando y sigue siendo desgraciada. Es fácil ser feliz, pero aprender a no ser desgraciado puede resultar difícil: la felicidad es la condición natural de las personas, y eso es evidente cuando se observa a los niños pequeños: tienen sus necesida­des cubiertas, son felices. Hay ciertos sufrimientos físicos que no tienen un fallo orgánicos conocido, a veces se está peor de los que se debe estar porque uno se convence de que tiene que estar mal. Tienes que vivir el presente, el ahora es todo lo que hay, el futuro es simplemente un momento presente para ser vivido cuando llegue, y no puedes vivirlo hasta que aparezca realmente. Puedes disfrutar maravillosamente del día a día, ese tiempo huidizo que siempre está contigo si te entregas completamente a él. Absorbe todo lo que te brinda a presente y desconéctate del pasado que ya no existe y del futuro que llegará a su tiempo: recordar, desear, esperar, lamentar y arrepentirse es lo más fácil para evitar el presente.

     Cuando se pierde la esperanza y empiezas a sentirte atrapado por las circunstancias de la vida, caes en el desconcierto y la impotencia interna. Empiezas a sentirte deprimido, y, al final viene el deterioro, primero mental y luego físico. La esperanza es un proceso mental que te ayuda a tener confianza en ti mismo. Debes empezar por aceptar la idea de que siempre hay esperanza. Y, a continuación, dejarte mimar por los que te queremos, estamos deseándolo y verás como te resulta muy agradable.

     Ahora tienes a Irene casi a tu cargo (compartido con mamá) durante bastantes horas al día. Mamá se encargará de sus necesidades físicas: darle de comer, cambiarla, que eche el eruc­tito… pero a ti te toca entretenerla, pasearla, hacerla reír (con esa risa que, como tú dices, ilu­mina el mundo), nos haces mucha falta a todos, pero a ella más porque eres su único abuelito y, sé por experiencia propia y por lo que he visto con mis primos, con Clarita y con cualquier criatura que se cruce en tu camino, la enorme capacidad que tienes para querer a los críos, para embelesarte con ellos, para disfrutar sólo con mirarlos y, al mismo tiempo, hacerte querer por ellos, hacer que se embelesen contigo y hacerlos disfrutar. Irene te necesita para todo eso, porque ese tipo de cariño sólo tú sabes dárselo… Por eso, y creo que es una razón de peso, tienes que hacer el esfuerzo de estar sano y fuerte, no «comerte el coco», todos viviremos el tiempo que Dios quiera, pero no debe­mos acelerar los malestares.

     Cuando iba a casarme, recuerdas que yo no quería hacerlo por la Iglesia. Lo hice por ti y no me arrepiento de ello; algunos amigos me decían que estaba traicionándome a mí misma; yo decía que el amor que sentía por ti me obligaba a concederte ese deseo, que no sabía cuanto tiempo te iba a tener y que nunca querría arrepentirme de haberte dado un disgusto. Después de la boda, viendo tu cara de felicidad en las fotos, siempre dije que sólo por eso merecía la pena esa pequeña «traición» a mis principios. Del mismo modo ha ocurrido con el bautizo de Irene… yo hubiera preferido dejar que eligiera por ella misma: tú nos has enseñado a ser libres e independientes desde pequeñitas, yo pensaba que ésa iba a ser una prueba de su libertad. Pero, cuando preguntabas reiteradamente por la fecha del bautizo, decidí que sería como tú querías.

     Te podrás imaginar que nada de esto son reproches, han sido decisiones propias motivadas por el enorme amor que siento por ti y por el deseo inmenso de hacerte feliz… pero, eso sí, estás en deuda conmigo: tienes que ponerte bueno para cuidar a mi hija, para que ella, como Clara, pueda quererte a ti más que nadie en el mundo… y te aseguro que no me sentiré en absoluto celosa porque sé que tú y yo sabemos quererla del mismo modo, sé que ninguno de los dos puede soportar oírla llorar, sé que se nos parte el corazón si la vemos triste o enferma, que no tenemos miedo a que se malcríe por cogerla en brazos o darle unos mimos… además, sé que todos los valores que pueda aprender de ti serán buenos para ella: tu integridad, tu bondad («eres un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra bueno»), tu sentido del humor (no tu malhumor, pero sé que no hay riesgo de ello, sé que con ella no te enfadarás nunca), tu inteligencia (he leído que se hereda, pero que también se aprende y se desarrolla con una buena estimulación), tu capacidad de trabajo, tu sentido de la amistad… en fin, todas esas cosas buenas que tú puedes darle. Ya el tiempo y la vida se encargarán de enseñarle «buenos modales», igual que los hemos aprendido mis hermanos y yo. En todo caso, la prefiero malcriada pero feliz.

     Y no pienses que sólo es Irene la que te necesita; ella es la más pequeña, pero todos necesitamos que estés bien, aunque sea calladito como siempre, aunque te limites a escuchar y a desconectar cuando no estás interesado, aunque te evadas mirando a tus nietos (y haces bien porque ¡mira que son lindos!), pero a nuestro lado siempre.

     Las parejas se dicen a menudo que se quieren, pero entre padres e hijos no es muy frecuente. Yo no recuerdo si te lo he dicho alguna vez, pero aprovecho para decírtelo una vez más ahora: te quiero muchísimo. A los padres no se los elige, nos tenemos que conformar con los que nos tocan en suerte y hay muchos descontentos por el mundo, pero yo he tenido la fortuna de toparme con dos seres maravillosos, que, de haber podido escoger, los habría seleccionado entre millones de posibles padres, con la seguridad de quedarme con los mejores. Lo que más deseo en el mundo, ahora que ya tengo a mi hija, es que estéis los dos buenos y fuertes para querernos a todos, eso es todo lo que puedo pedir, el resto viene por añadidura.

     ¡Ah! Y que conste que delgado estás muy guapo.

Escrito poco después del diagnóstico de la enfermedad de papá. Se la entregué el día del bautizo de Irene, con la petición de que lo leyera al llegar a casa. Parece que se emocionó bastante. Al día siguiente, lo único que me comentó es que él no estaba “rarito”.

Viernes, 14 diciembre 2007 - Posted by | Personal

1 comentario »

  1. ¡¡Puff!!. Aunque ya la había leído, he vuelto a llorar y llorare todas las veces que la relea. No siempre se sabe decir: te quiero y te necesito. Tú a él se lo has dicho y precioso, además. Es lo que importa. Lo sabía.
    Por eso supongo que solo pudo comentar: “yo no estoy rarito”.

    Comentario por Fonsi | Viernes, 14 diciembre 2007 | Responder


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