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Para mis chorraditas

Islamismo, laicismo y democracia

 
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Carlos Martínez Gorriarán

27 de marzo de 2008

Ha pasado bastante desapercibida la noticia de que la Juntas Islámica de Andalucía ha criticado al PSOE, y a la Junta de Andalucía, por no garantizar adecuadamente que en los centros escolares públicos andaluces los niños musulmanes reciban comida halal -según las reglas rituales islámicas, comida pura- o, al menos, no se les ponga nunca nada de cerdo en el plato. La Junta Islámica de Andalucía –como otras entidades españolas del mismo carácter- había pedido el voto para el PSOE en las elecciones generales y autonómicas, y considera que los socialistas que gobiernan buena parte del antiguo Al Andalus no cumplen el pacto contraído con ellos. Además, otras entidades islámicas han protestado también porque tampoco se garantiza el cumplimiento de los tabúes alimentarios coránicos en los centros españoles de acogida de menores.¿Es obligación de los centros educativos públicos, o de los de acogida de menores, garantizar que los niños musulmanes puedan cumplir el Ramadán y consumir productos halal (algo bastante más complicado que abstenerse de comer cerdo)?

Vayamos por partes. Aunque la Constitución reconoce y protege expresamente la libertad religiosa, ésta es una cosa y otra la obligación del Estado de adaptarse a las creencias religiosas de sus ciudadanos o de los acogidos temporalmente en su territorio. Es cierto que, como en otras cosas, la Constitución del 78 es bastante ambigua en este campo, ambigüedad empeorada por el artículo 16 que declara al Estado aconfesional, en lugar de laico. Pues bien, aunque algunos creen que no hay diferencia entre una declaración u otra, el caso que comentamos viene al pelo para entender la notable diferencia que hay entre aconfesionalidad y laicidad. Porque si el Estado fuera constitucionalmente laico, en lugar de sólo “aconfesional”, la administración andaluza, como la española en general, debería contestar a las asociaciones islámicas que si bien el Estado respeta sus creencias y ampara su práctica (si no choca con nuestras leyes), ésta última es privada en el sentido de que no es obligación del Estado garantizar ni obligar a su cumplimiento en espacios públicos como son los centros educativos y de acogida de menores, que serían laicos por definición en un Estado laico.

Esta es la razón de que nosotros hayamos propuesto que la Constitución cambie, al menos, la excesiva ambigüedad del artículo, eliminando la mayor parte del 16.3. Aunque personalmente creo que en el futuro deberemos ser más claros en este asunto y optar decididamente por la laicidad constitucional del Estado. Casos como la protesta de la Junta Islámica indican claramente, creo (sensu laico), la conveniencia de una definición laicista del Estado decidida y sin ambigüedades. Porque, en caso contrario, si mantenemos una vergonzante incoherencia y falta de criterio como la del PSOE en todo este asunto –porque no es un partido laico, sino ocasional y propagandísticamente anticlerical o antireligioso-, llegará un día no muy lejano en que las activas asociaciones islámicas dejarán de pedir para pasar a exigir que el Estado español respete sus creencias en las escuelas… garantizando su observación obligatoria. Que no es algo muy distinto a lo que piden asociaciones católicas empeñadas en convertir la catequesis en una signatura obligatoria más, eliminando encima la vapuleada Educación por la Ciudadanía (donde, lógicamente, se explicaría la conveniencia de que una democracia que se precie de serlo sea, consecuentemente, laica: ¡este es el problema precisamente!)

En resumidas cuentas, lo que el Estado debería decir a las asociaciones musulmanas que se han quejado es que ni garantiza que los alimentos servidos a los escolares en los comedores de los centros públicos sea menú halal, porque facilitarlo no es su función ni misión en esta vida, ni se opondrá en todo caso a que las familias musulmanas den la comida a sus hijos para que se la calienten en el microondas del comedor escolar. Lo segundo es una facilidad a favor de la convivencia, lo primero ceder en la exigencia de un menú meramente religioso, es decir, ceder ante una grosera imposición (daría lo mismo si se tratara de comida khoser para los judíos, o de respetar la Cuaresma católica). Y ya se sabe cómo siguen estas cosas: pensando en los intereses electorales (hay más de medio millón de musulmanes en España) se comienza permitiendo la introducción de la mezquita en los centros escolares con la excusa de las creencias alimentarias de los niños musulmanes (de sus padres, en realidad), y se termina estudiando un proyecto de ley que permita a los musulmanes determinadas excepciones legales a favor de la sharia. Por ejemplo, en la prevalencia del hombre sobre la mujer o en la de tribunales religiosos de la comunidad sobre los civiles ordinarios.

No es broma, eso propuso en Gran Bretaña, no hace nada, el arzobispo anglicano de Canterbury. Pensando en sus propios intereses parroquiales y proselitistas, claro. ¿Y cómo se puede parar esa deriva sin atacar las creencias religiosas legítimas?: insistiendo en la laicidad de la democracia, por supuesto, y por tanto de todas sus leyes y normas, de las educativas a las matrimoniales. No da lo mismo porque no es lo mismo.

Jueves, 27 marzo 2008 - Posted by | Sociedad

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