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Para mis chorraditas

¡Yo no funciono así!

Hasta el 29 de marzo, yo tenía un amigo. No era sólo mi amigo. Era el amigo de Manuel, de Irene, de la casa, de la familia.

Este amigo tiene una concepción particular de la vida, del trabajo, de las relaciones interpersonales. Cuando yo no entendía alguna de sus reacciones, siempre las justificaba con esa frase repetida continuamente: «Yo no funciono así». Cuando dejaba de lado la amistad de algunos amigos entrañables sin motivos aparentes: «Yo no funciono así». Cuando rechazaba una buena oferta de trabajo por no someterse a un horario: «Yo no funciono así». Cuando hacía o decía cosas que no entendíamos: «Yo no funciono así».

Y eso nos obligaba a respetar sus reacciones y opiniones.

Durante un tiempo nos obsequió con su silencio y desapareció de nuestras vidas. Todos los que entonces éramos sus amigos estuvimos angustiados durante siete meses, por no saber si estaba vivo o muerto. Era rara la semana en que yo no lo llamaba o le enviaba un mensaje donde le comunicaba que respetaba su silencio pero que, al menos, nos hiciera saber que estaba vivo y que ese silencio era producto de una decisión personal. Ninguna respuesta. Al cabo de esos siete meses, reapareció en nuestras vidas. Su única explicación: había estado mal emocionalmente y no quería saber nada de nadie. Nuestra respuesta: respeto, no preguntar nada y aceptarlo, de nuevo, en nuestras vidas, con los brazos abiertos. Los tres por igual. Tanto es así que nuestro primer encuentro tras ese período fue para compartir con él un momento tan especial como fue ir a recoger a nuestra hija a Cazalla de la Sierra, donde había pasado quince días en una granja-escuela. Anteriormente, ese momento había sido solamente nuestro y la única persona que lo había compartido en varias ocasiones, había sido mi madre. Este año, ella no quiso venir y nuestro amigo ocupó ese sitio preferente. Allí, recibió un abrazo de mi hija, tan fuerte y sincero como el que nos dio a su padre y a su madre.

El 5 de enero fue el cumpleaños de Irene. Ella echaba de menos una llamada de felicitación de aquél al que ella llamaba tito al margen de vínculos sanguíneos. Temiendo que lo hubiera olvidado, le envié un SMS para recordárselo. Su respuesta: «Yo no creo en los cumpleaños». Yo no creo en los Reyes Magos, pero he pasado nueve años simulando que creía y comprando regalos para mi hija. De hecho, Irene, que no por tener once años, tiene dificultad en razonar, ante mi explicación dijo: «Vale, él no cree en los cumpleaños. Yo no lo felicitaré cuando llegue el suyo. Pero hoy es mi cumpleaños y yo sí creo».

Nos agradaba, a todos, su compañía. De vez en cuando, y cada vez más frecuentemente, venía a casa, por un motivo u otro, por decisión propia o invitado por nosotros. Venía para un día o dos; se quedaba siempre más. Cuando se iba, siempre era porque él así lo disponía. Aceptábamos su presencia, del mismo modo que su despedida. Tenía siempre ropa limpia en la cama, una toalla y un baño disponible, un plato en nuestra mesa. El ordenador de Irene para lo que necesitara, para sus “trabajos” o para sus aficiones. Nuestra línea de internet a su disposición.

Entre nosotros había un trato aceptado, aunque no siempre justificado. Tanto si nosotros queríamos hablar con él, como si era él quien lo necesitaba, la llamada la pagábamos nosotros. Él marcaba desde el fijo o el móvil y nosotros hacíamos la llamada para hablar. Su decisión laboral, original y particular como dije al principio, hacía que, a priori, no dispusiera de liquidez. Así lo aceptábamos.

El 29 de marzo perdí a mi madre. En medio del dolor y del caos del momento, busqué la serenidad necesaria para llamar a la familia, y mandar mensaje a los amigos. Inmediatamente se produjo un aluvión de llamadas que siguen hasta el día de hoy, once días después. Otras personas, queridas también pero que no tenían acceso a mi teléfono ni posibilidad de estar presentes, han recurrido a los mails o los foros. Palabras entrañables que tengo archivadas en mi corazón y que no reproduzco por respetar su intimidad. En el Instituto Anatómico Forense, mientras esperábamos el dictamen de la autopsia, en el Tanatorio y en el Cementerio, estuvimos, todo el rato, acompañados por el cariño, apoyo, abrazos y consuelo de familiares y amigos, muchos amigos: míos, de mis padres, de mis hermanos. Somos afortunados porque tenemos muchos y buenos. Otras personas, que lo han sabido después, han venido a casa.

Ayer, tuvimos una de las muestras de cariño más reconfortantes y emotivas. Mi primo, en el momento del fallecimiento estaba en Hungría visitando a su hijo quien reside allí por encontrarse disfrutando de una beca Erasmus y se lamentó amargamente de no poder estar a nuestro lado. Nos llamó anteayer para decirnos que venía a darnos un abrazo. Nunca pensamos que fuera a ser literal. Pasó más de veinticuatro horas en un autobús, recorrió dos mil kilómetros para venir a pasar unas horas conmigo, con mi hermana y nuestra familia. Cruzó España entera para darnos ese abrazo prometido. Ni siquiera pasó una noche en casa: dos noches de viaje para estar a nuestro lado. Nolete, cariño, nunca sabré expresarte con palabras lo que ese abrazo ha supuesto para mí, para nosotros.

Los compañeros de Irene, niños y niñas de diez y once años, comprendieron que mi hija necesitaba su apoyo y cariño y, pese a su corta edad, fueron capaces de idear el modo de transmitírselo, consiguiendo, con ello, transformar el dolor de una niña que adoraba a su abuela, en una enorme satisfacción y alegría.

Entre tanto, nuestro ¿amigo?, el tito querido de mi hija, se ha limitado a hacer lo que acostumbra. Llamadas perdidas para que yo lo llame a él y un triste SMS donde me pide que “le dé un toque cuando esté más tranquila”. Creo que para ti, voy a tardar mucho en estar tranquila… Las risas y las cervecitas, las charlas hasta altas horas de la madrugada, las películas y comidas compartidas se aplazan sine die. Lo siento, pero YO NO FUNCIONO ASÍ.

Miércoles, 9 abril 2008 - Posted by | Personal

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