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Para mis chorraditas

Democracia ¿de tres?

Hace muchos años, hice un par de viajes con dos amigas. Uno de ellos, a Inglaterra, estuvo a punto de ser un auténtico desastre para mí. Quizás sea la razón de que, desde enonces, no me haya sentido interesada en volver a ese país. Cosa que, probablemente, se reparará este año.

Todo había sido planificado de acuerdo a nuestra disponibilidad económica y de tiempo. Primero fuimos en tren a Cambridge, donde nos alojamos en casa de un amigo mío que conocía de mi cercano pasado universitario. Todo bien. Fuimos recibidas de modo excelente, y mi amigo y sus amigos se brindaron a acompañarnos y mostrarnos la preciosa ciudad.

De allí partimos hacia Londres. En el viaje conocimos a unos chicos australianos, residentes en la ciudad, muy simpáticos y agradables que, al llegar, se ofrecieron a ayudarnos a encontrar alojamiento. Nos llevaron a un “bed & breakfast” cercano a Hyde Park magnífico. Por las instalaciones, por el propietario (gallego, encantador y cariñoso), por la ubicación, por el precio.

Una vez instaladas, nos dedicamos a planificar nuestra estancia y visitas. Las tres íbamos haciendo propuestas. Las de ellas, en principio, a mí no me satisfacían. Planeaban visitar todo museo habido y por haber en la capital y decidieron no usar ningún medio de transporte público salvo uno de esos horribles y ridículos autobuses para turistas que recorren la ciudad con alocuciones pregrabadas en cualquier idioma salvo los que conocíamos. Las mías, no les interesaban a ellas. Por tanto se acordó decidir democráticamente: cada propuesta se votaría y se haría lo que decidiera la mayoría.

En aquella época, ya empezaba yo a tener ese reloj interno que hacía que me despertara a la hora programada sin ninguna dificultad, por lo que, todas las noches me indicaban la hora a la que querían ser despertadas. A las siete de la mañana, como un clavo, servidora las avisaba: “Son las siete”. Como eran dormilonas y perezosas, tardaban bastante rato en estar operativas. Pero aún así, bastante temprano estábamos en la calle dispuestas a ejecutar los planes decididos. Empezamos por el British Museum. Entramos a las 9:00. A las 17:00 h., sin haber comido nada desde el breakfast matutino, yo era incapaz de asimilar más arte ni más momias. Estaba desesperada. A ratos me iba a la cafetería, a ratos me sentaba en bancos a contemplar a la gente.

Los chicos australianos nos habían propuesto recogernos esa tarde para acompañarnos a conocer Londres de noche. Y ellas habían accedido. Pero, una vez en el Museo, decidieron no asistir a la cita, para no perderse ninguna sala. Intenté hacerlas razonar. Imposible. A la hora acordada, servidora abandonó a sus compañeras para dirigirse, en un cómodo y rápido autobús, hasta nuestra residencia, tomar una reparadora ducha y arreglarse adecuadamente para acompañar a nuestros amigos en la visita proyectada.

Ellos llegaron con una puntualidad británica y, sorprendidos por la ausencia de mis amigas, nos disponíamos a salir, cuando aparecieron por la puerta. Entonces reclamaban que las esperáramos a que tomaran también su ducha, y su maqueo general. Entonces yo propuse votar. Cuatro contra dos: ganamos y tuvieron que venirse con la indumentaria matutina y sin aseo.

A partir de ahí, todo siguió igual. Ellas decidían todo en todo momento:  Dónde, qué y cuándo se comía. Qué se visitaba. En qué tiendas se entraba y en cuáles no. Pero, la única que, a medias manejaba el idioma, era yo. La única capaz de interpretar un plano de la ciudad o del metro (que nunca usamos, salvo cuando íbamos con nuestros amigos) era yo. Por lo que me necesitaban para ejecutar sus órdenes dictatoriales. Por más que intenté explicarles que su democracia era tremendamente injusta, hacían oídos sordos a mis ruegos. Yo proponía que, lo razonable era que cada día, o ante cada elección, decidiera una de nosotras por turno, salvo que las tres estuviéramos de acuerdo. Con ello, yo haría en dos ocasiones su voluntad, pero, al menos, una de tres, podría elegir. Impensable: teníamos que ser estrictamente democráticas.

Recuerdo con enorme desagrado aquel viaje, a pesar de que, lo del museo ocurrió más de una vez y, democráticamente, me desvinculé de ellas en varias ocasiones, con sus obvias quejas por quedarse desamparadas frente al idioma y desorientadas frente a ese mapa que resultaba chino para ellas.

No volví a elegirlas como compañeras de viaje nunca más.

Lo malo es que, ahora, después de casi treinta años, en otras circunstancias y en otras condiciones, la historia se repite.

Viernes, 5 septiembre 2008 - Posted by | Personal

1 comentario »

  1. Ya conocía yo esa experiencia tuya y Londres, francamente, no se lo merece. Es una ciudad que puede gustarte o no pero que merece ser visitada sin el handicap de unas rémoras semejantes. EStoy de acuerdo en que visitr algo con poco tiempo, incluye no llevar un auténtico sofocón exclusivamente de arte o “piedras”, por muy respetuosos y bellos que sean uno y otras, porque eso significa terminar con el cerebro completamente embotado y sin tener nada claro, ni siquiera una impresión de lo bello. Además hay maravillas en todas partes, incluso, muchas veces, compartiendo con otras gentes.
    En cuanto a que si la historia se está repitiendo en tu vida, ya sabes, ahora tienes la madurez que dan los años y la experiencia, así que, capear el temporal, no dejarte arrastrar por el desánimo, contemporizar a veces o cuando te apetezca y no dejarte asoballar (puedes buscar el significado en diccionario de galego, si no lo sabes, o te lo puede dar tu tita).
    Bicos siempre, para los tres

    Comentario por Ana | Viernes, 5 septiembre 2008 | Responder


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